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Por la dignidad de la mujer trabajadora: ¡No más agresiones!

La lucha de clases en México

Introducción

El documento que a continuación se presenta es una interpretación marxista de la historia de México, puede tomarse, si así se desea, como una introducción al estudio de la historia de México para activistas y trabajadores en general, así mismo, es una toma de posición al respecto de los acontecimientos fundamentales que han dado origen al estado actual de la lucha de clases en nuestro país hasta el periodo el inicio del periodo presidencial de Carlos Salinas de Gortari.

Es muy común hablar del desdén que las organizaciones de izquierda, específicamente las marxistas, tienen hacia las luchas que estallaron en nuestra nación, se dice que sabemos más de la revolución rusa que de la mexicana. Por supuesto, el presente documento trata de romper con ese argumento, que en el fondo no es más que una vieja mentira que la burguesía suele propagar para menospreciar los aportes o las ideas que pueden surgir desde las organizaciones revolucionarias. Más importante aún, es situar en su justa dimensión el proceso de gestación de las clases antagónicas y determinantes en nuestro México actual: la burguesía y el proletariado, dentro de este último a la clase obrera industrial como elemento clave para determinar las perspectivas de una transformación revolucionaria auténticamente benéfica para el conjunto de los trabajadores en México.

El documento básicamente se enfoca al proceso revolucionario de 1910-1940, así como del auge y decadencia del régimen que le sucedió.

Importante es aclarar que el proceso histórico incluye tanto a lo que los seres humanos piensan sobre sí mismos y sobre los demás, como lo que en función de la combinación de factores en realidad pueden hacer. Es según Marx, una síntesis de múltiples determinaciones cuyo único elemento superviviente es el hecho como tal y lo escrito sobre él. La relación entre los programas de grupos, clases y lo que realmente sucede puede ser una buena fuente para valorar el papel de los individuos y clases en México y en cualquier otro lugar en donde intentemos valorar un proceso histórico.

Nuestro afán no es calificar ni descalificar personajes ni grupos, especialmente aquellos que representan el germen de la lucha de los trabajadores por la transformación social, sino aprender de ellos, de sus derrotas y de sus victorias. Pero para ello es preciso situarlos históricamente y esto sólo es posible con un trabajo de interpretación histórica desde el punto de vista de los explotados.

México vive hoy en día una época revolucionaria, después de la decadencia del régimen posrevolucionario y de su paulatino desmantelamiento, la burguesía vive una crisis política caracterizada por no tener idea clara de lo que pretende construir para sustituir el régimen político posrevolucionario. En este marco se abren muchos desafíos y oportunidades para los trabajadores, muchos más de los que pudimos tener desde la consolidación del régimen posrevolucionario en 1940,. Estas afirmaciones no se derivan de una suposición al azar sino de una construcción teórica del desarrollo histórico de conformación de la nación y el Estado mexicano. La presentación de las siguientes páginas es, si se quiere, una síntesis de dichas conclusiones.

Concordamos que el territorio que actualmente ocupa México ha vivido distintas fases de desarrollo de las fuerzas productivas, las cuales aún inciden como elementos matriciales de la actual problemática:

La época prehispánica, particularmente basada en una forma muy peculiar de modo de producción asiático, en donde la propiedad privada como tal, estaba en fase de constitución y las jerarquías del Estado teocrático constituían posiciones de privilegio desde las cuales los grupos dominantes ejercían su poder sobre pobladores propios y extraños.

La época colonial, donde los principales elementos del anterior modo de producción se acoplaron, de manera forzada claro está, a las necesidades del régimen semifeudal establecido por el imperio español. El mismo régimen imperial español, aún teniendo las bases para un potencial despegue capitalista pagó el sostenimiento de su hegemonía sobre América Latina con un estancamiento que lo postró definitivamente. A finales de la época colonial, sólo una ruptura revolucionaria podía impedir que la inercia de inmovilidad, representaba por el poder de la oligarquía terrateniente y el clero pusiera en peligro la formación del Estado mexicano.

La siguiente época es la del México independiente, en la cual las fuerzas progresistas representadas por los estratos medios ilustrados se enfrentaron una y otra vez contra las fuerzas conservadoras, herederas de los privilegios coloniales, en la búsqueda de consolidar un Estado capitalista con democracia a la norteamericana. Los liberales no contaban con una clase burguesa que le diera sustento a su Estado burgués ideal, por lo que optaron por imponer de manera autoritaria su modelo (Juárez y Díaz). Al final la oligarquía tradicional logró adaptarse a ese nuevo tipo de Estado para convertirse en esa burguesía que los liberales habían buscado afanosamente. La paradoja es que cuando surgió la nueva burguesía, principalmente producto del matrimonio entre la oligarquía tradicional y el capital extranjero, no fue impulsora de la modernización progresista del país, sino del sometimiento más cruel que hayan conocido los trabajadores del campo y la ciudad mexicanos. La consecuencia fue el estallido revolucionario de 1910.

El proceso estallado tenía que cubrir todos los pendientes de la lucha contra el régimen colonial, más los que se habían acumulado en el periodo de México independiente y de Reforma. La burguesía no podía ni quería jugar ese papel revolucionario, sus diversos estratos tardaron un tiempo en darse cuenta que habían surgido sujetos revolucionarios que podían jugar un papel independiente de ellos: los obreros y sobre todo los campesinos jornaleros podían construir la hegemonía necesaria para formar un nuevo Estado. Es entónces cuando las facciones de la burguesía alta y media burguesía deciden tratar de ponerse al frente para limitar el proceso en función de sus intereses.

Las amplias posibilidades de avance en un sentido socialista del proceso revolucionario continuaron mientras el Estado burgués gestado de la revolución no se consolidó. En ese lapso la lucha de clases a nivel nacional e internacional era el factor determinante para definir el futuro del país.

El movimiento socialista, apoyado en el Partido Comunista, dejó pasar una oportunidad tras otra hasta que quedó a la zaga de los acontecimientos. Hoy, cuando le llaman "izquierda madura y moderna" a aquellos que, diciéndose socialistas asumen como suyo el programa capitalista y el régimen burgués, tendríamos que decir que la "madurez y modernidad" desde la década de los treintas, significó la catástrofe para millones de obreros y campesinos que tuvieron que sufrir por generaciones un régimen semibonapartista que solía disfrazar su sometimiento a la burguesía con una que otra frase seudoizquierdista.

A la par del desarrollo del régimen priísta se fue gestando una burguesía totalmente dependiente de sus negocios con el Estado y otra dependiente de sus negocios con el imperialismo.

Ambas vivían en el consenso de mantener a raya por medio del control corporativo a las crecientes masas de desposeídos que surgían de la industrialización del país.

Cuando la sociedad mexicana se tornó tan compleja y diversa como para que fuera imposible seguirla manteniendo tutelada, comenzó la crisis del Estado posrevolucionario mexicano, la cual tiene dos momentos claves.

El movimiento estudiantil del 68 marca en principio y el movimiento contra el fraude del 88 señala el final de su decadencia. El periodo posterior al 88 hasta nuestros días, señala el periodo de desmantelamiento del régimen posrevolucionario.

El fin del régimen priísta no significa necesariamente algo bueno para las masas, como no lo fue para los trabajadores de Europa del Este el paso al capitalismo. La burguesía abiertamente proimperialista sucedió en el 2000 a una burguesía basada en su gestión del Estado ya en decadencia y en franca retirada, lo cual ha llenado al discurso y la práctica del Estado de una combinación de lo peor del antiguo régimen con lo peor del tradicional conservadurismo de la nueva burguesía dominante, la cual es producto directo de los periodos presidenciales de Salinas en adelante.

El periodo que de una manera provisional y esquemática se define como de desmantelamiento del régimen posrevolucionario no es tratado en el presente documento, desde nuestro punto de vista, merece un tratamiento pormenorizado y muy cuidadoso, que en cierto sentido ha sido mostrado en las páginas de Militante desde 1990, no obstante un trabajo unificado al respecto es un tema pendiente. Dejamos el presente documento como un marco contextual para el siguiente.

Por supuesto que en todo este marco el proletariado mexicano no ha sido un mero espectador, ha sufrido los abusos y la explotación de la burguesía y al mismo tiempo ha reaccionado de manera organizada poniendo en predicamentos a las clases dominantes, las cuales se han visto en la necesidad de unificar fuerzas, a pesar de sus diferencias para enfrentar los embates de los trabajadores.

Las figuras de Francisco J. Mújica, Felipe Carrillo Puerto, Valentín Campa, José Revueltas, Demetrio Vallejo, Rafael Galván, por sólo citar algunos, han sido importantes y en algunos casos determinantes para bien o para mal, con respecto al proceso de construcción de una conciencia colectiva en el seno del proletariado mexicano.

El problema de la revolución mexicana del siglo XXI es el problema de la conciencia de clase del proletariado mexicano, que sólo podrá ser resuelto en una lógica anticapitalista, con el instrumento de un partido de revolucionario de los trabajadores y por medio de una revolución sin puntos intermedios, es decir socialista. El problema de la dirección del proletariado en el sentido extenso del termino es teórico--dado que si no se reconoce a un problema cuando existe, difícilmente se será capaz de resolverlo--, pero fundamentalmente es una cuestión práctica, por ello éste y otros textos sólo son, en el fondo, un llamado a la acción. La lucha de clases ha sido lo único que ha permitido avances a la humanidad y a las clases trabajadoras. La pasividad, la ignorancia y la indiferencia son fortalezas del poder.

No está en nosotros decidir el rumbo que las masas tomarán para avanzar en ese proceso, nosotros no amoldamos los procesos a nuestra voluntad, más bien somos los más consecuentes en la lucha de las masas en todos los terrenos y señalamos el paso siguiente, más allá del que ahora se está dando.

La Conquista y la Colonia

Antes de la llegada de los españoles al territorio que actualmente ocupa la república mexicana, éste era habitado por una gran cantidad de culturas de entre las cuales aparecía la mexica, como la más importante desde el punto de vista militar y económico.

En la América de aquel tiempo la propiedad privada no existía como tal, estas culturas, fundamentalmente agrícolas se basaban en la propiedad colectiva de la tierra, a la cual correspondía un sistema de distribución que estaba sujeto a una compleja estructura jerárquica, que se determinaba a partir de la posición que el individuo tenía en el seno del Estado teocrático. El medio de obtención de la riqueza derivada del trabajo ajeno era el tributo, ya fuera en la forma del tributo o en la de actividades productivas en las tierras del Estado, usufructuadas por los miembros de la alta jerarquía. Éste era el medio de explotación de los mexicas sobre su pueblo y sobre los demás que tenían bajo su control militar.

El grado de desarrollo cultural de estos pueblos es comparable al de cualquier civilización antigua, como la china, la egipcia o la grecolatina, sin embargo cualquier posibilidad de desarrollo independiente de estas culturas quedó truncado de forma brutal por la conquista española, cuya primer etapa en Mesoamérica (1519-1521) aniquiló el imperio mexica, estableciendo en el territorio de lo que ahora se conoce como México una convivencia de sistemas de producción que en realidad consistía en dejar sobrevivir algunos rasgos del antiguo modo de producción (el tributo en especie y en trabajo) que fueran útiles o se pudieran articular con el esquema semifeudal implantado por los españoles.

Los reyes de España procuraron mantener separados política y económicamente a los indígenas de la sociedad novohispana como tal. Existía una estructura de gobierno y leyes para los indígenas (Consejo de Indias) y otro para los españoles y criollos. El lazo entre las comunidades indígenas y españolas eran las instituciones que servían para transferir el trabajo y el producto de ese trabajo a los españoles, es decir, el mecanismo de superexplotación del indígena como la encomienda y la mita, los cuales separaban al indígena de su comunidad, llevándolo a una condición de semiesclavitud.

El régimen de propiedad de la tierra también estaba diferenciado: los españoles podían poseer tierras en propiedad privada, producto de la compra o donación de la Corona, la iglesia poseía tierras amortizadas, es decir que no se podían comprar ni vender, mientras que a los indígenas se les asignaban propiedades comunales en torno a sus comunidades históricas, las cuales explotaban individualmente en función de acuerdos internos. La separación entre este tipo de propiedades era tal que se prohibía establecer una propiedad española a 1100 metros de una propiedad comunal indígena o de algún terreno de la Iglesia.

Para el imperio español, sus colonias era organismos económicos complementarios que lo debían proveer de lo que no había dentro de la península, especialmente metales preciosos. España ejercía un monopolio formal del comercio exterior de sus colonias y estaba prohibida la producción de aquellos bienes que pudieran ofrecer competencia a los de los originarios de la península, por ejemplo, en la Nueva España no se podía producir uva, olivo, algodón, telas, entre otras cosas.

A la larga, este esquema generó el origen del proverbial atraso de nuestros países latinoamericanos y al mismo tiempo aseguró la preservación del régimen semifeudal español, retrasándolo también del proceso de desarrollo económico vivido por las demás potencias europeas.

Uno de los primeros efectos fue la drástica disminución de la población indígena, la cual cayó en un 90% durante los primeros 30 años de la ocupación española, lo cual obligó a la Corona a prohibir la encomienda. Otro efecto fue de explotación hasta el agotamiento de múltiples minas y finalmente en vista de la prohibición de ciertos productos para la exportación se cayó en una economía de autoconsumo en vastas regiones del campo. Los terratenientes españoles y criollos emplearon los beneficios de la explotación de tierras y minas no para desarrollar la producción, sino para crear en los cascos de las haciendas enormes y opulentos palacios en medio de la miseria más espantosa de las masas.

Los levantamientos contra la dominación española tuvieron siempre como protagonistas a los indígenas, los más destacados fueron: en 1541 en Nueva Galicia, 1660 en Tehuantepec, 1670 en Yucatán, 1712 en Chiapas, 1797 en Teotitlán. Por lo que toca a los criollos, estos en un inicio llegaron a protestar por las limitaciones que les imponía la corona para explotar a los indígenas (1565) con la prohibición de la encomienda. En 1662 una revuelta de indígenas y mestizos llegó a controlar la ciudad de México durante un día, durante el cual quemaron el palacio virreinal, pero al fin de cuentas fueron derrotados y sus dirigentes ajusticiados.

Para mediados del siglo XVIII, la situación de bancarrota del imperio español era tal que a partir de la coyuntura abierta con la entrada al trono de los Borbones, se pretendieron establecer una serie de reformas de corte tímidamente liberal en el terreno económico, las cuales tenían por objetivo el reformar el control económico y político de España en sus colonias. Se decretó una cierta liberalización del comercio y por lo tanto de la producción de las colonias, así como un ataque al poder de la Iglesia, ahí donde esta pudiera representar una competencia a la hegemonía económica del Estado, como fue el caso de la compañía de Jesús, la cual fue prohibida. Durante estas llamadas reformas borbónicas de dio también un intento por desamortizar las propiedades territoriales de la iglesia. Sin embrago todo esto fue insuficiente, la decadencia del imperio español estaba basada en su absoluta incapacidad para competir con potencias como Inglaterra u Holanda, dado el carácter semifeudal de su economía. Sólo destruyendo el poder de los terratenientes, construyendo una clase burguesa manufacturera y exportadora, creando un fuerte mercado interno y una mano de obra libre de ataduras serviles, sería posible poner al día a España, pero eso era impensable. Así que las reformas borbónicas lo único que demostraron era que la revolución estaba al orden del día.

La primera revolución burguesa: La Independencia

A principios del siglo XIX, en el seno de las clases poseedoras de la Nueva España había dos sectores interesados en la independencia. Por un lado los criollos, representantes de la naciente burguesía, entre los cuales se destacaban algunos miembros del bajo clero y militares de mandos medios, los de este sector estaban inspirados por los procesos revolucionarios en América del Norte y Europa, los cuales tomaban como ejemplos a seguir. Por otro lado estaban los grupos conservadores ligados al latifundio y a la iglesia, férreos defensores del estado de cosas semifeudal impuesto durante siglos; este grupo, temeroso ante las reformas de corte aparentemente liberal que empezaban a gestarse en España, contemplaban a la independencia como una forma de mantener sus privilegios, su intención era establecer un sistema de gobierno monárquico.

Cuando Napoleón invade España en 1808, en toda la península de forman juntas de gobierno, como una forma de enfrentar al régimen impuesto por Francia. En América Latina se establecen también dichas juntas, las cuales se constituirían en la bases para el desarrollo de la lucha por la independencia, sin embargo en la Nueva España, los intentos del licenciado Francisco Primo de Verdad, impulsor de dicha junta, fueron aplastados por medio de un golpe de Estado promovido por la iglesia. Con el asesinato de Primo de Verdad las posibilidades de una independencia "legal" quedó descartada.

De forma casi paralela a los intentos en la Ciudad de México, diversos miembros del bajo clero en contacto con los sectores más oprimidos por el poder virreinal, establecieron las bases para que el movimiento de independencia adquiriera el carácter de insurrección campesina, al menos en un principio, especialmente en el centro-sur de la Nueva España.

Durante todo el virreinato, a pesar de la aparente protección de la propiedad indígena, había en el país alrededor de 4944 terratenientes, que por supuesto ocupaban las mejores tierras e imponían a los campesinos pobres condiciones de servidumbre: El levantamiento dirigido por Allende e Hidalgo se sustentaba en la reacción violenta de los oprimidos en contra de esta semiesclavitud.

El elemento de la rebelión campesina le dio al movimiento de independencia un carácter de clase definitivamente inaceptable para los sectores conservadores que apoyaban la independencia, por lo cual, estos hicieron causa común con el virrey en contra de los sectores sublevados.

Después de la ejecución de los primeros dirigentes revolucionarios, Hidalgo y Allende, tocó a Morelos darle un carácter mucho más consistente al levantamiento, hasta que finalmente éste también fue derrotado en 1815. Posteriormente los sectores conservadores poco a poco fueron reactivando sus intentos por conseguir una separación de España.

La constitución española de Cádiz en 1812 significó para los conservadores una señal de alarma: Existía dentro de la misma un planteamiento sobre el reparto de tierras a los indios casados, lo que entre otras cuestiones, ponía los pelos de punta a la elite criolla terrateniente.

La guerrilla campesina, a pesar de que luego de la muerte de Morelos no constituía un peligro inminente para el régimen, siempre mantuvo una presencia de tomarse en cuenta, por lo cual Agustín de Iturbide, el general realista representante de los terratenientes se decidió por la independencia, se vio forzado a llagar a un acuerdo con los alzados.

La declaración de independencia de 1821 aseguró el carácter intocable de la iglesia y del latifundio, principales sostenes del estado de cosas impuesto durante el virreinato, no sólo eso, la elite terrateniente incluso logró establecer el imperio como forma de gobierno. Parecía que los conservadores habían ganado la partida, afortunadamente el triunfo fue efímero, el régimen de Iturbide estalló víctima de sus propias contradicciones, desatándose una guerra civil entre liberales y conservadores que se prolongó, con algunos breves periodos de paz, hasta la llegada del porfirismo.

En este marco de inestabilidad poco se pudo hacer para que el régimen económico tuviera modificaciones sustanciales, de 1842 a 1854 los terratenientes aprovecharon las circunstancias para proceder a aumentar sus propiedades a expensas de los pueblos campesinos. El número de haciendas pasó de 3749 a 6092. Tomando en cuenta que la tierra cultivable no se incrementó, entonces la única fuente del surgimiento de dichas haciendas fue el despojo de los pueblos indios.

Liberales y Conservadores

La preponderancia de esta aristocracia conservadora--y en gran medida monárquica--fue lo que permitió la aparición en un primer momento del "imperio" de Iturbide. La independencia fue un acto conservador, no obstante, desencadenó toda una corriente de opinión, específicamente entre diversos sectores de la intelectualidad urbana no ligada a la aristocracia, que estaba fuertemente influenciada por las ideas liberales de Europa y de Norteamérica a la que miraban como un ejemplo a seguir, no por nada el país se nombró Estados Unidos Mexicanos, según la constitución de 1824.

En esencia los liberales buscaban romper con las barreras, heredadas de la colonia, que impedían el desarrollo del capitalismo en México, los conservadores en cambio pretendían preservar los privilegios económicos y políticos de la aristocracia criolla terrateniente como punto de partida para cualquier propuesta nacional.

El país, fiel al legado de la Colonia, subsistía en función de un régimen básicamente de autoconsumo basado en la gran propiedad terrateniente de la iglesia y de los propietarios criollos, la tenencia de la tierra era un factor de poder político, mas no de desarrollo económico, en la medida en que ni la iglesia ni los grandes terratenientes cultivaban la mayor parte de sus posesiones, paralelamente existía la propiedad de las comunidades campesinas, la cual era básica para la centenaria estabilidad del campo durante la colonia.

La propiedad de las comunidades campesinas, particularmente las indígenas, garantizaban una economía de autoconsumo que se complementaba con el trabajo en la hacienda criolla. Por supuesto, no había posibilidad de que un mercado interno como lo conocemos actualmente se desarrollara y mucho menos para que se generara el desarrollo de la industria a gran escala. Pese a la fortaleza aparente de este régimen de cosas, subyacía una debilidad intrínseca, la cual de derivaba de que un régimen de este tipo derivaba en un poder central bastante débil y por lo tanto susceptible de ser derrocado por parte de una fuerza militar medianamente organizada.

El federalismo del periodo 1824 a 1833 nunca tuvo la fuerza para imponer un programa revolucionario de destrucción del régimen heredado de la colonia debido a que nunca apeló a las masas campesinas, optó por el contrario, por una política de compromisos. La propia constitución de 1824 no se podría calificar estrictamente de liberal, en ella se mantenían privilegios para el ejército y el clero, el federalismo era más que nada una aspiración que algo realmente practicable, sobre todo por la gran fuerza disgregadora que significaba el régimen económico.

Aún a pesar de la debilidad de ese federalismo, éste era incómodo para las fuerzas conservadoras, las cuales estimularon el golpe que efectuó Santa Anna en 1834. La llegada de los conservadores personificados por Santa Anna, significó un severo estancamiento.

La dictadura de "su alteza serenísima" retrasó por 20 años los cambios que se hacían cada vez más urgentes para el país, ello costó como es sabido, numerosas intervenciones extranjeras y la pérdida de más de la mitad del territorio ante el expansionismo norteamericano. En este marco, aquel absurdo conservadurismo se desarrolló en numerosos sectores de la intelectualidad y de diversos dirigentes regionales una convicción y un programa distinto radicalmente al de Santa Anna.

La segunda revolución burguesa del siglo XIX

El 1 de marzo de 1854 estalló la revolución de Ayutla, cuya característica más destacable fue la participación de enormes masas campesinas acaudilladas por la intelectualidad liberal, entre ellos: don Juan Álvarez un luchador de toda la vida que encarnó el ala más radical del movimiento, su avanzada edad le impidió vivir para impulsar una revolución más radical. Junto a él, participaba el coronel del ejército Ignacio Comonfort, un político honesto pero totalmente incapaz de ir hasta las últimas consecuencias de sus decisiones, proclive a pactar y a arrepentirse de lo pactado.

En poco tiempo, el 9 de agosto de 1855, triunfa el movimiento rebelde y producto del recambio de posiciones dentro del movimiento liberal, Juárez aparece de pronto como presidente de la Suprema Corte de Justicia del Gobierno de Ignacio Comonfort, durante el cual se construye la constitución de 1857. Ésta se caracterizó por una serie de concesiones a los conservadores, que si bien estaban derrotados aún no se sentían vencidos, Comonfort fue la figura clave de las transacciones. De este modo los resultados de la constituyente de 1857 eran en general muy limitados; no eliminaban los fueros de la iglesia, no establecían el matrimonio civil. En general significaba el intento de introducir el capitalismo sin afectar los intereses de los sectores semifeudales heredados de la colonia. No obstante a la par de la promulgación de la constitución, los liberales más radicales entre ellos Juárez y Lerdo impulsaron sendas leyes que sí se enfrentaban a los referidos poderes conservadores, desde su punto de vista, la modernización del país tenía que pasar por la eliminación de dichas trabas semifeudales, tomando como referencia siempre al régimen norteamericano, que para aquellos tiempos estaba en vísperas de su ultimo proceso revolucionario.

Las contradicciones entre el presidente Comonfort y los liberales radicales como Juárez y Lerdo estallaron en 1857, cuando por medio de un golpe de Estado los conservadores utilizan al presidente Comonfort para hacerse del gobierno y detener a los ministros más radicales, entre ellos Juárez, poco después de deshacen de Comonfort, el cual termina huyendo cobardemente del país luego de arrepentirse de haber servido como instrumento de los conservadores.

Juárez, que durante la confusión reinante fue liberado de su encierro, se declara presidente ante la ausencia de Comonfort, mientras tanto los conservadores reconocen a Félix Zoluoaga como presidente, de esta manera se generan las condiciones para un nuevo enfrentamiento. La acción desesperada de los conservadores, temerosos de reformas que afectaran sus intereses, radicalizó de tal manera las cosas que llevaron a una guerra en la cual las masas campesinas tomaron partido por los liberales, no podía ser de otra manera dado que la alta burocracia del clero y los terratenientes criollos significaban para ellos la peor de las relaciones serviles.

El ejército estaba prácticamente del lado conservador, del lado liberal los improvisados generales se fueron curtiendo a costa de derrotas, no obstante, la insignificante base social que representaba el gobierno conservador significó que al cabo de tres años sus reservas humanas se agotaran casi totalmente. Para 1860 las fuerzas liberales derrotaron definitivamente a los conservadores.

Como una muestra de que para los liberales el concepto de patria no era tan importante como el de progreso, podemos recordar el hecho de que Melchor Ocampo, secretario de relaciones exteriores del lado juarista, acuerda un tratado con Robert McLane el 1 de diciembre de 1859 por medio del cual se establecía el libre tránsito de los norteamericanos por diversas regiones de México, de la entrada de tropas norteamericanas a nuestro territorio para defender propiedades norteamericanas y toda una serie de concesiones que convertían a México en una especie de semicolonia. Al final dicho acuerdo no se llegó a concretar, pero es una muestra de lo que estaba dispuesto el lado liberal para asegurarse el reconocimiento norteamericano, en otras palabras los representantes más progresistas de la burguesía mexicana: Ocampo, Juárez y Lerdo no tenían el concepto de defensa de la "patria" que algunos pretenden atribuirles.

Afortunadamente el inminente estallido de la guerra civil en Estados Unidos, junto con la rápida derrota de los conservadores imposibilitó el tratado Ocampo-McLane y llevó la revolución mexicana de 1854-60 a la radicalización. El enemigo estaba derrotado, no había porque hacer concesiones que hubieran sonado incomprensibles al movimiento campesino que se había levantado contra los terratenientes y el clero, de tal modo que se expidieron diversas leyes que ahora destruían el poder económico y político de la iglesia.

El 9 de mayo de 1861 Juárez, asume otra vez la presidencia, esta vez para un periodo normal. Los liberales fueron muy duros con la iglesia a que aplicaron la nacionalización de sus bienes para su puesta en venta, no obstante esto también sucedió con las propiedades campesinas que estaban reconocidas como comunales, las cuales también fueron "desamortizadas". La idea era que los campesinos adquieran en propiedad privada sus propias tierras con la idea de crear un sistema de granjas parecido al norteamericano, no obstante lo que sucedió fue que se allanó el camino legal para que aquellos que contaran con capital para adquirir propiedades lo hicieran a expensas de los campesinos, que en un periodo relativamente corto de tiempo se vieron sin las tierras de su antepasados o limitados a miserables minifundios y sometidos a la necesidad de trabajar en las tierras del patrón ya sea pidiéndolas en renta o simplemente como jornaleros. La transformación del campo no se hizo transitando de un sistema de tierras ociosas a otro de tierras productivas, sino a un sistema de gran propiedad de monocultivos orientados a la exportación, es cierto que a quien correspondió llevar a la práctica el programa liberal fue a Porfirio Díaz, pero las bases legales para el despojo y la salvaje explotación del porfiriato están en las leyes del período juarista. Mucho antes que los conservadores se resignaran a hacer negocios bajo las nuevas reglas, estos emprendieron nuevos intentos de hacer girar hacia atrás la rueda de la historia, fue así como mediante intrigas provocaron un conflicto con España, Inglaterra y Francia para derrocar al gobierno juarista. El proceso desembocó en la intervención francesa, la cual, como sucede en todas las invasiones, había sido planificada en función de los intereses franceses desde al menos un año antes.

La aventura francesa

Napoleón III consideraba posible establecer un régimen títere en México para de esta manera establecer un contrapeso al creciente poder de los Estados Unidos y por supuesto, obtener posiciones ventajosas para las inversiones francesas en México y Norteamérica.

No es el objeto de este documento exponer el desarrollo de la intervención francesa, si lo hicimos en el caso de la guerra de reforma fue para ilustrar el hecho de que en realidad se trató de una revolución apoyada por las masas campesinas y que ello fue la razón por la cual el programa liberal se pudo consensuar ampliamente en el país y empezar a aplicar, al menos mientras llegaban los franceses. Lo que sí tenemos que decir es que la intervención francesa mostró nuevamente que pese a la superioridad militar de las tropas extranjeras en un primer momento--prueba de ello es que lograron controlar casi la totalidad del territorio nacional--, fue nuevamente la insurrección campesina lo que salvo al país de convertirse en un protectorado francés.

Decía Juárez: "La animación de la vida, la conciencia de derecho y de la fuerza, el amor a la independencia y a la democracia, el noble orgullo contra el inocuo invasor de nuestro suelo, son sentimientos difundidos en todo el pueblo mexicano."¿Qué puede esperar cuando les opongamos por ejército nuestro pueblo todo y por campo de batalla nuestro dilatado país?"

El 19 de junio de 1867, luego de 5 años de intervención y de la derrota absoluta de las fuerzas realistas, fue fusilado Maximiliano de Habsburgo.

El fracaso de la intervención francesa fue originado por múltiples factores, pero el más importante fue sin duda la acción del conjunto de la población campesina mexicana ante el intento de establecimiento de una monarquía semifeudal y extranjera, algo que chocaba contra todas las aspiraciones por las que dos generaciones de mexicanos habían luchado en el siglo XIX.

Fue así como se forjó realmente una identidad nacional y al mismo tiempo se rompieron todas las barreras materiales para el desarrollo de México como Estado nacional burgués. El triunfo del régimen dirigido por Juárez en 1867 significó la derrota definitiva de las fuerzas conservadoras en el siglo XIX.

Los limites del radicalismo burgués

Como siempre hemos señalado el radicalismo burgués cuando esta en pugna con fuerzas de carácter feudal o semifeudal tiende a mostrarse como representante de toda la sociedad y propone como proyecto de emancipación social la superioridad de la libertad individual sobre las coerción del Estado, la libertad, la igualdad y la fraternidad aparecen como la antitesis de la dictadura o de la fuerza todopoderosa del Estado. Para los liberales el Estado mientras más pequeño, mejor. Los liberales aspiran a un contrato social, Constitución, fuertemente consensuado, que sea la base la base de las relaciones entre particulares. Para el derecho liberal, la igualdad jurídica frente al Estado es la garantía de la ausencia de privilegios.

Cuando toda esta teoría se intenta practicar surge la principal contradicción que trastoca todo el proyecto burgués; efectivamente si bien hay igualdad jurídica, ésta deja fuera de todo control a las relaciones económicas entre las personas, la cual se expresa en simples contratos entre particulares, como si esos particulares fueran intrínsecamente iguales.

Para que el sistema burgués funcione se requiere de un sector de la población que emplee fuerza de trabajo y otro sector que sea empleado, ya esta misma situación implica diferencias reales en la posición social e implica la posibilidad de que los empleadores utilicen su situación privilegiada en la economía para someter a los empleados estableciendo el control de todo el sistema jurídico, legislativo y ejecutivo, con sus policías, su ejército y sus cárceles, en pocas palabras, la posición económica de las clase de poseedores de medios de producción les confiere la posibilidad de diseñar y aplicar el aparato del Estado para preservar su dominio de clase y no sólo para ello, sino también para justificarlo socialmente y hacer aparecer ante el conjunto de la sociedad su dominio como si fuera algo natural. De este modo, así como en el seno de la producción se disfraza la explotación con el aparentemente libre acuerdo de compraventa de fuerza de trabajo libre, en el terreno de la sociedad en su conjunto se disfraza el dominio de clase con la ilusión de igualdad jurídica frente al Estado. La contradicción entre la igualdad formal y las diferencias reales se vuelve mucho más profunda en el caso de una sociedad como la mexicana con la "república restaurada".

El Estado liberal clásico debía partir de una serie de relaciones económicas capitalistas bastante maduras, en cambio México era un país devastado por decenas de años de guerras civiles en donde los conservadores estaban políticamente aplastados y las bases económicas para un "contrato social" capitalista no existían. Los campesinos estaban arraigados a las tierras de los pueblos y los grandes hacendados eran los propietarios dominantes del campo, con excepción de los territorios del norte del país, que estaban protegidos por colonias militares de campesinos mucho más parecidos a los rancheros del sur de Estados Unidos que a los del centro del país.

El federalismo de los liberales era impracticable cuando de lo que se trataba era detener las fuerzas centrífugas y las debilidades territoriales que ya habían facilitado la pérdida de la mitad del territorio y todo tipo reintervenciones extranjeras.

En 1855 los liberales se habían levantado exigiendo el equilibrio de poderes, pero para defender su programa y para defender al país, habían tenido que ejercer gobiernos prácticamente sin legislativo y sin elecciones.

En 1867 Juárez tenía ya 10 años como presidente, habiendo podido gobernar en situación relativamente normal, es decir con un congreso que funcionará, sólo entre 1859 y 1862. Así mismo, decir que el gobierno se sometía a un poder judicial en aquel tiempo era algo más bien formal que real. En las elecciones de 1867 nuevamente triunfa Juárez, en ese año el poder ejecutivo, es decir Juárez, trató no de debilitar sino de fortalecer el poder real del ejecutivo, estableciendo el poder de veto sobre las decisiones del congreso, axial como la facultad de convocar o no periodos extraordinarios, así mismo trato de crear una cámara de senadores que actuara como contrapeso a las decisiones de los diputados.

El Estado liberal promovía la formación de un mercado interno libre de trabas y de un comercio exterior también abierto a la inversión extranjera, para ello estableció una serie de facilidades para la entrada de capitales y de inmigrantes. Con ello pese al deseo de generar progreso lo que se logró fue la acumulación de grandes haciendas latifundistas pertenecientes a las compañías extranjeras y a sus socios mexicanos que, paradójicamente, eran los mismos terratenientes de otros tiempos. Por supuesto los levantamientos populares como los de Nayarit y El Estado de México fueron severamente reprimidos, sus demandas entraban en contradicción con los proyectos liberales de crear grandes empresas privadas en el campo.

El Estado liberal fue un feroz enemigo de todo tipo de organización gremial de parte de los trabajadores la cual estaba estrictamente prohibida. La constitución de 1857 circunscribía las relaciones laborales a cuestiones entre particulares, con lo que los contratos por muy desventajosos que fueran para los trabajadores tenían que ser cumplidos. Como se diría hoy en día el empleo estaba legalmente muy "flexibilizado".

¿Dónde termina Juárez y dónde comienza Díaz?

Llegó el año de 1871 y Juárez nuevamente se propone como presidente y por supuesto, es nuevamente electo, no obstante el proceso se vio plagado de irregularidades, el ejecutivo se las arreglo para colocar como candidatos al congreso a incondicionales suyos, así mismo, ahí donde fue necesario, se "arreglaron" los resultados para evitar que candidatos incómodos pudieran eventualmente triunfar.

Fundado en estos motivos se levantó en armas el General Porfirio Díaz el 9 de noviembre de 1871, pese a que su movimiento fue rápidamente derrotado, esto significó el inicio de nuevos conflictos por el poder entre los liberales. El 18 de julio, Juárez finalmente muere dejando como sucesor a su fiel compañero Sebastián Lerdo de Tejada, el cual continuó, con grandes resultados, la obra de Juárez. Lo que no logró, a diferencia de Juárez, fue convertirse en presidente vitalicio; en 1875 cuando preparaba su reelección se tuvo que enfrentar a un nuevo levantamiento de Porfirio Díaz (plan de Tuxtepec de 1876), el cual, enarbolando la bandera del sufragio efectivo y la no reelección, termina por derribar al régimen lerdista.

No puede decirse que la caída de Lerdo significó el fin de la práctica política que inauguró Juárez, sería más apropiado decir que Díaz fue un fiel aplicador del estilo juarista de gobernar. De todos los elementos del régimen porfirista no existe uno sólo que haya surgido especialmente durante su mandato. Incluso la introducción del positivismo es obra del connotado juarista Gabino Barreda.

El desarrollo del capitalismo a nivel internacional, permitió que todas las reformas que se idearon en tiempos de Juárez sirvieran para crear un nuevo poder económico mucho más pesado para las masas trabajadoras de lo que éstas eran capaces de soportar, así mismo este fortalecimiento de contradicciones obligó a que el poder ejecutivo se convirtiera en un árbitro irrefutable que al devenir de los años apareciera como una burda dictadura malamente disfrazada con elecciones de puro trámite.

Sobre las bases y el ideario liberal se generó un nuevo poder oligárquico que sólo pudo ser roto con la revolución.

Juárez fundó el moderno Estado mexicano, impulsó una revolución burguesa casi sin burguesía, lo que lo llevó a él y a su grupo de seguidores a gobernar de manera autoritaria para sustituir la ausencia de la clase social cuyo programa intentaba establecer. En honor a la verdad histórica, no había otra manera de luchar y vencer contra la reacción semifeudal contra la que se enfrentó. En ese aspecto, su figura es fundamental y deberá ser recordado como un gran progresista y revolucionario de su tiempo.

El porfirismo

Díaz impulsó el desarrollo manufacturero a partir de liberar los impuestos a la incipiente burguesía industrial, de cargar con impuestos a las capas medias, de la inversión extranjera y de la explotación salvaje de las clases oprimidas. Bulnes, un partidario de Díaz declaraba:

"Iturbide, que fue fusilado como un tirano, cargó el trigo con un impuesto del 25%, nosotros, que somos amigos del pueblo lo hemos cargado con un 250%, el clero, que era un banquero de rapiña prestaba con un 5%, el banco nacional, creación liberal presta con un 12%".

Con el pretexto de capitalizar el campo se permitió a los extranjeros adquirir tierras. Para 1900, la tercera parte de las tierras cultivables eran posesiones extranjeras. De 1883 a 1906, las compañías deslindadoras otorgaron al extranjero 50 millones de hectáreas.

El 97% del territorio nacional era propiedad de 830 latifundistas, en un lapso de 20 años el 90% de los ejidos desapareció. Para 1910, la masa campesina se dividía de la siguiente forma: 479 074 campesinos libres, 591 752 obreros asalariados sujetos económicamente a la hacienda (peones), 430 896 trabajadores en otras ocupaciones.

El salario del peón era tan bajo que era más barato pagarles que introducir maquinaria moderna al campo. Por ejemplo, los gastos de segado y recolección al día de una segadora y atadora era de 4.85 pesos por hectárea, por el mismo trabajo se pagaba a lo peones 4.5 pesos.

Era evidente que en este contexto, la inversión productiva no tenía sentido para el hacendado, quien lo que deseaba era tener mayores beneficios, sin importar la muerte por cansancio o la miseria de sus trabajadores. En un momento dado, la hacienda se conforma como una unidad económica autónoma o casi autónoma, que tiene sujetos a sus trabajadores por medio de la coerción directa o indirecta. El cultivo de los productos dedicados a la alimentación se restringen sólo a lo necesario para el sostenimiento de los peones, mientras que el que corresponde a los productos de demanda internacional se extiende de manera explosiva y estimula, en este caso sí, la introducción de tecnología avanzada, tanto en la producción como en el transporte de las mercancías. El henequén, el azúcar, el algodón, entre otros cultivos se priorizan y dominan las zonas costeras. Algunos le llaman a esto economía de enclave. En donde el núcleo de desarrollo está aislado del conjunto de la economía regional y de poco o nada sirve para la creación de un mercado interno, dado que la producción está destinada al comercio internacional.

Paradójicamente, es la época de mayor desarrollo capitalista hasta entonces, sin embargo, este desarrollo se basaba en un proceso desigual y combinado; los primeros capitalistas utilizaban los beneficios obtenidos, digamos en la industria textil, en la adquisición de haciendas o el crecimiento de las que ya existían, con lo que el nuevo capitalista industrial no sólo no combatía al terrateniente semifeudal, sino que en muchos casos, lo representaba. Por supuesto, en el caso del comercio se había creado un pequeño circuito entre los nuevos empleados medios de empresas de diverso tipo, que daba un espacio para las importaciones de bienes suntuarios. El capital bancario, fundamentalmente extranjero, extraía también su parte de beneficios otorgando a una minúscula capa de empleados lo necesario para convertirlos en firmes defensores del porfiriato. La prosperidad de un pequeño segmento de la población se hacía a expensas del estancamiento y miseria de la mayoría.

Por supuesto que este tipo de capitalista, el cual se había desarrollado también como hacendado, no dudaba en buscar establecer condiciones de servidumbre para con los obreros. El gran burgués del porfiriato era por tanto profundamente reaccionario. Pero para este selecto grupo de adoradores del progreso y de la ciencia, Don Porfirio era algo más que un líder, era un héroe sin par en la historia.

Por supuesto que el desarrollo del capitalismo en México no podía efectuarse sin la intervención del capital externo, como hemos dicho, la burguesía, hija del terrateniente, era parasitaria a más no poder y el servir a los inversionistas externos no les venía mal. A finales del siglo XIX, las grandes empresas capitalistas empiezan a requerir--para satisfacer sus necesidades de acumulación--territorios y zonas de influencia que las abastezcan de materias primas, pero sobre todo de extraer ganancias superiores a las de sus propios países a partir de las mismas o menores inversiones. El comercio de capital se convierte en un nuevo y gran negocio para los grandes inversionistas. Se forman monopolios industriales, los cuales a su vez, crean grandes grupos que controlan por medio de su participación en las instituciones de crédito ramas enteras de la industria, nace entonces el capital financiero, así surge el imperialismo como producto de la necesidad de expansión del capital.

Como nunca antes, el desarrollo económico se veía obstaculizado por las fronteras nacionales y el carácter privado de la propiedad de los medios de producción, elementos que a la larga desencadenarían verdaderas catástrofes para la humanidad como lo fueron las dos guerras mundiales.

En México, en medio de una estabilidad muy relativa y lograda a sangre y fuego, se desarrolló una infraestructura básica de comunicaciones que facilitó la inversión extranjera: por supuesto, dicho desarrollo nunca estuvo al alcance de las masas explotadas sino de las mercancías producidas destinadas a la exportación.

En este marco la industria moderna fue apareciendo como un subproducto de este esquema de acumulación exportador de materias primas. A la actividad minera se sumó la industria del petróleo y junto con la introducción del ferrocarril fueron apareciendo zonas fabriles en regiones cercanas a los entronques ferroviarios. La industria surgía no a partir de la destrucción de las relaciones semifeudales, sino de su sostenimiento. Era un desarrollo desigual y combinado, dado que las relaciones semifeudales convivían con modernos sistemas de producción, por supuesto todo en aras de la acumulación capitalista en el marco internacional.

La distribución de la inversión durante el porfiriato nos ilustra bastante bien el proceso económico que en México, al igual que muchos otros países, se sufría en aquel entonces: Del total de la inversión, el 41% estaba destinado a comunicaciones, fundamentalmente a ferrocarriles; el 20% a la industria extractiva, sobre todo a petróleo; el 19% a la banca y al comercio. La mayor parte de dicha inversión fue de origen extranjero: de 1 650 millones de pesos invertidos en 1919; 1 287 (77%) procedían del exterior. A Estados Unidos, con 53 empresas, le correspondían 720 millones (el 40% de la inversión total); Inglaterra con 52 empresas, 300 millones, es decir el 24%; Francia con 35 empresas participaba con 222 millones, el 13 % del total. Para darnos una idea de la debilidad de la burguesía nacional, del total de la inversión en ese año sólo el 9% tenía origen en México.

Por supuesto, la subordinación de la burguesía local al extranjero fue absoluta, trabajaron como socios menores o prestanombres. Su condición de latifundistas mostraba cómo el imperialismo para las masas explotadas, lejos de ser un factor progresista, era un elemento de conservadurismo.

También durante esta época surge el movimiento obrero, gracias a la industrialización. La actitud del porfirismo siempre fue la de reprimir brutalmente cualquier intento de organización que no fueran las asociaciones mutualistas que él mismo promovía.

Las ideas socialistas europeas llegaron relativamente tarde y desgraciadamente los primeros en difundir el socialismo, fueron los anarquistas: en 1865 se crea un primer grupo socialista de tendencias anarquistas, ellos fueron los que impulsaron las primeras huelgas. El régimen liberal de Juárez-Lerdo no simpatizaba con los movimientos gremiales, los consideraba como un obstáculo para el progreso, no obstante durante el régimen de Díaz la actividad sindical pasó se ser una actividad mal vista por el gobierno a ser duramente perseguida y prácticamente proscrita.

En el marco de la represión se sostuvieron casi heroicamente publicaciones como por ejemplo, de 1886 a 1900 apareció Conversión Radical, un periódico anarquista.

En el año de 1901 surgió el Partido Liberal, producto de la fusión de diversos círculos liberales. El liberalismo de los grupos de intelectuales de la pequeña burguesía buscando una clara diferenciación del que sustentaba la casta "científica" en torno al Dictador, tendió a adoptar posturas cada vez más de izquierda, su confluencia con las luchas sociales del momento, específicamente obreras, la adopta en 1904 un ideario socialista con fuertes tintes anarquistas. El partido liberal, desde todos los puntos que le era posible adoptó la postura de llevar los conflictos sociales hasta el punto del enfrentamiento con la burguesía y el Estado. Desde su punto de vista, un estallido aunque fuera local podía ser la chispa para incendiar el bosque.

Por supuesto que esta postura no significó que los liberales de Ricardo Flores Magón tuvieran alguna responsabilidad en las masacres que se cometieron contra los obreros en años siguientes, era simplemente un síntoma del grado al que estaban llegando las contradicciones y la imposibilidad de medias tintas.

El papel de los trabajadores y activistas del Partido Liberal fue ejemplar. En ningún caso arguyeron motivos estratégicos para hacerse a un lado del destino que la dictadura preparó para aquellos que osaran rebelarse, por lo que los pelotones de fusilamiento, las horcas, las cárceles siempre incluyeron una generosa cuota de activistas del Partido Liberal, que con el ejemplo querían acicatear la conciencia de los trabajadores.

Lamentablemente su sacrificio no se acompañó con un plan para involucrar a la mayoría de los trabajadores del país, es decir los campesinos, ante los cuales se adoptó una actitud sectaria que lamentablemente los fue aislando de las corrientes principales de la lucha.

No obstante, para los años a los que nos referimos, los movimientos sindicales que estallaron constituyeron el principal problema social para el régimen: en 1905 se realiza una huelga en Guadalajara, en 1906 las minas de Cananea son testigos de una histórica lucha obrera en la cual, los trabajadores son masacrados por un grupo de policías norteamericanos que cruzaron la frontera ante el beneplácito de las autoridades porfiristas. En 1907 tocó al Gran Circulo de Obreros Libres, sindicato textil de Río Blanco Veracruz dar la batalla. En 1908 son los ferrocarrileros los que se levantan y también son reprimidos.

En este proceso, la represión al partido de Flores Magón fue tal que modificaron su programa e ideario hasta adoptar plenamente programa y una táctica anarquistas. Para 1910, su repudio a la política oficial era tal que tomaron la campaña de Madero como una más en la farsa electoral burguesa y de este modo profundizaron su aislamiento. No obstante muchos futuros revolucionarios en casi todos los bandos pasaron por la escuela de los Flores Magón, ese fue el caso del general Dieguez, quien dirigió el movimiento en Cananea o de Francisco J. Mújica, así como diversos militantes del zapatismo. Tal vez el movimiento revolucionario más enfrentado al partido liberal fue el villismo, con el cual hubo enfrentamientos permanentes.

Volviendo al régimen porfirista, era cierto que la represión al movimiento obrero y a luchas indígenas, como la de los yaquis, daba la impresión de una cierta paz social, no obstante, eran más apariencias que realidades. Económicamente las cosas tampoco parecían ir mal; el país se estaba industrializando, México estaba integrado al comercio mundial, las finanzas públicas estaban sanas, no había deuda externa. Todo era cierto, no obstante también lo era el hecho de que las condiciones de la inmensa masa de explotados del campo era de una miseria insoportable y sólo se necesitaba un acontecimiento de carácter nacional, que no pudiera ser aislado por la propaganda oficial, para que estallara la revolución.

El 17 de febrero de 1908, el general Díaz pretendiendo dar una señal de confianza a los inversionistas extranjeros, concede una entrevista a un periodista norteamericano apellidado Creelman, en la que declara que no tiene intenciones de reelegirse más, que México ya está maduro para la democracia: algo verdaderamente imposible, ya que la acumulación de tensiones y el carácter salvaje de la explotación del trabajo, convertían en pura demagogia los planteamientos de don Porfirio, sólo bajo una dictadura como la que se ejercía en esos momentos era posible sostener la "estabilidad" en beneficio de los grandes hacendados y de los monopolios extranjeros. Como en todas las cuestiones sociales al hablar de necesidad de la represión para mantener al sistema estamos hablando desde el punto de vista de la oligarquía, lamentablemente para ellos, los trabajadores del campo y la ciudad tampoco necesitaban alguna reforma cosmética, lo único que podía romper con aquella oprobiosa situación era un profundo estallido revolucionario.

El levantamiento de 1910

Lenin decía que para que una revolución estalle es necesario que las masas oprimidas no soporten continuar viviendo como hasta ese momento y que estén decididas a luchar contra el sistema, además, que exista una crisis en el seno de las clases poseedoras de tal modo que les sea imposible continuar gobernando como hasta ese momento, es decir que exista una crisis en el sistema político que se exprese en enfrentamientos en el seno mismo de la elite dominante. En ese sentido para 1910 las contradicciones eran cada vez más evidentes. Dentro de diversos círculos burgueses y pequeñoburgueses se comenzaron a formar grupos que poseían el común denominador de estar en contra de la reelección de Díaz. Francisco I. Madero, miembro de una de las familias más acaudaladas de Coahuila, se integró a dicho movimiento y aprovechando su ventajosa situación social logró publicar un libro "La Sucesión Presidencial de 1910". En donde, cuidando mucho las formas, presentaba a Díaz como un héroe nacional que para no degradar su imagen en la historia, debería ceder el poder a la oposición. Para Madero, la fuente de toda corrupción y degradación se encontraba en la permanencia indefinida de las personas en el poder político.

El libro invitaba a Díaz a colaborar con la oposición para una "transición pactada" y advertía que de no tomarse en cuenta dicha propuesta, se corría el riesgo de un estallido social.

Los círculos antireeleccionistas rápidamente se extendieron y con vistas a las elecciones de 1910 conformaron el Partido Antireeleccionista, dentro del cual había una fuerte presencia de elementos de origen pequeñoburgués con cierto sentido social y opuestos a la política de concertación con Díaz tan fuerte en Madero, de entre dichos elementos destacaban los hermanos Emilio y Francisco Vázquez Gómez.

Madero, no obstante, buscó y logró una entrevista con el presidente Díaz en la cual le dio a conocer sus pretensiones de participar en el proceso electoral y le reiteró la propuesta de integrar una formula de unidad "Díaz presidente, Madero vicepresidente". Por supuesto Díaz lo rechazó. Daba la impresión que el movimiento de Madero no era más importante que otros que habían surgido en el transcurso del periodo porfirista y que no habían significado gran cosa. En realidad desde la óptica formal esto era cierto, la diferencia es que para ese año de 1910, el movimiento social necesitaba expresarse políticamente y la existencia del movimiento de Madero les ofrecía dicha opción, de tal modo que la campaña que posteriormente lanzó el partido Antirreeleccionista, postulando a Madero como candidato a la presidencia y a Vázquez Gómez a la vicepresidencia, se convirtió en una serie de impresionantes mítines masivos por todos los lugares a los que llegaba.

Esta situación obligó a Porfirio Díaz a tomar medidas para que la candidatura de Madero no siguiera creciendo, por lo que mandó detenerlo en Monterrey. Entonces como ahora, la burguesía en el poder no vacila en violar el juego democrático si las masas se vuelcan en torno al candidato "equivocado", poniendo de este modo, en riesgo la estabilidad del sistema.

Para la burguesía la democracia es un instrumento que le es útil en la medida que le permite conservar y darle legitimidad al estado de cosas, disfrazando ante las masas la verdadera naturaleza del Estado, sin embargo cuando las cosas no salen como ellos desean, no vacilan en efectuar fraudes de todo tipo.

Con Madero en la cárcel y controlando todas las variables del proceso, Díaz se impuso de manera contundente en unas elecciones absolutamente fraudulentas. Poco después Díaz tomó posesión para un periodo de cuatro años más.

Madero logró escapar de la cárcel y una vez enterado de los detalles del descomunal fraude, se ve en la necesidad de convocar a la rebelión, planteando un levantamiento en armas para el día 20 de noviembre. La actitud de Madero al llamar a la rebelión contrasta con la actitud conciliadora que le caracterizó antes, pero también después del estallido, da la impresión de que aún confiaba en que el llamado al levantamiento sería suficiente para que el gobierno lo llamara a negociar, prueba de ello es que no había una coordinación nacional en los preparativos rebeldes para el 20 de noviembre y que el propio Madero no ingresó al país sino hasta algún tiempo después. Los únicos que acudieron puntuales al llamado fueron los campesinos de Chihuahua. El día 14 de noviembre el dirigente campesino Toribio Ortega, junto con algunas decenas de compañeros, se levantó en armas en el pueblo de Cuchillo Parado. Los demás revolucionarios chihuahuenses lo hicieron en torno a la fecha convenida del 20 de noviembre. Abraham González, el hombre de confianza de Madero en Chihuahua, logró unir para la causa a Pascual Orozco, un antiguo arriero y comerciante con fuertes vínculos en diversos poblados y a Francisco Villa, un campesino obligado por azares del destino a sobrevivir al margen de la ley.

La marca del movimiento revolucionario de Chihuahua era la del campesino que transitaba vertiginosamente hacia la proletarización, el crecimiento de las haciendas, particularmente las del clan Terrazas-Creel, se hacía a costa de las tierras de los pueblos, muchas de las cuales tenían tradiciones de defensa armada desde los tiempos de la lucha contra lo apaches. Así que los campesinos pasaban a trabajar en las minas, ferrocarriles o en las cosechas de los hacendados o en la ganadería según se diera su suerte en el transcurso del año.

Cuando se levantaron en noviembre de 1910, tenían muy poco que agradecer al régimen y a la vez muy poco que pactar con él.

Chihuahua fue uno de los lugares donde más rápidamente se constituyó algo parecido a un ejército, no obstante para 1911 podría decirse que los levantamientos campesinos se habían generalizado por todo el país.

El Plan de San Luís en realidad no contenía señalamientos de carácter social, a excepción del punto 3, donde se podía leer:

"Abusando de la ley de terrenos baldíos, numerosos pequeños propietarios, en su mayoría indígenas, han sido despojados de sus terrenos, por acuerdo de la Secretaría de Fomento, o por fallos de los tribunales de la República. Siendo de toda justicia restituir a sus antiguos poseedores los terrenos de que se les despojó de un modo tan arbitrario, se declaran sujetas a revisión tales disposiciones y fallos y se les exigirá a los que los adquirieron de un modo tan inmoral, o a sus herederos, que los restituyan a sus primitivos propietarios, a quienes pagarán también una indemnización por los perjuicios sufridos. Sólo en caso de que esos terrenos hayan pasado a tercera persona antes de la promulgación de este Plan, los antiguos propietarios recibirán indemnización de aquellos en cuyo beneficio se verificó el despojo. "

No obstante, en todo el conjunto del Plan se hace hincapié que salvo el desconocimiento de las elecciones fraudulentas, propone mantener vigente y someterse al marco jurídico porfirista.

Para los campesinos bastó esa promesa vaga de restitución de tierras para que el levantamiento se generalizara, no hay que olvidar que durante el porfirismo el 90% de las tierras comunales fueron arrebatadas a los campesinos.

Los primeros meses del año de 1911 se caracterizaron por la pérdida del control del campo por parte de las fuerzas del gobierno, aunque hasta ese momento no había caído ninguna ciudad importante.

En la medida de la rápida organización de un ejército en Chihuahua, Madero decidió integrarse a esos contingentes, los cuales se preparaban para intentar el ataque a Ciudad Juárez.

La llegada de Madero no hizo sino estorbar el avance de la guerra campesina. Inmediatamente se establecieron contactos con el gobierno, el cual ahora sí estaba plenamente dispuesto a darle seguimiento.

Madero estableció el compromiso de no atacar Ciudad Juárez, que era la población que las fuerzas de Villa y Orozco se preparaban a tomar. Los días pasaban y nada parecía romper el estancamiento, Madero seguía empecinado en llegar a unos acuerdos a los que los emisarios del gobierno daban largas y largas, en esas circunstancias era evidente que las negociaciones tan sólo eran una treta para preparar una ofensiva que acabara con el ejército maderista, dicho peligro desapareció cuando el 8 de mayo, en contra de las órdenes de Madero, Villa y Orozco atacan y toman con relativa facilidad Ciudad Juárez.

Esto no hizo sino derrumbar al supuestamente poderoso régimen porfirista, el cual claudicó acordando la renuncia de Díaz y el establecimiento de un gobierno provisional presidido por el secretario de relaciones exteriores porfirista Francisco León de la Barra. Además se acordó la realización de nuevas elecciones y la entrega de las armas de los revolucionarios.

Realmente los acuerdos no correspondían al tamaño de la derrota, Madero no sólo no procedió a depurar el aparato del Estado, sino que prácticamente lo dejó intacto, en realidad se ofrecía a los dirigentes campesinos entregar las armas a cambio de nada. El desconcierto no dejó de expresarse en actitudes de inconformidad e incluso de rebelión. Villa y Orozco muestran hostilidad hacia Madero a tal grado de que el primero es obligado al retiro.

En la medida en que la rebelión fue en su abrumadora mayoría un asunto campesino y no había ninguna medida para devolver las tierras, los revolucionarios eran reticentes a entregar las armas. En el caso de Morelos, donde los campesinos habían recuperado directamente sus tierras y quemado algunas haciendas, la negativa tenía en carácter de enfrentamiento.

El levantamiento maderista en Morelos había sido dirigido originalmente por Pablo Torres Burgos, no obstante, éste cayó durante la lucha contra el porfirismo. El movimiento campesino en Morelos fue generalizado, Genoveva de la O, en Cuernavaca o Gabriel Tepepa, en Tlaquiltenango y Tojutla y por supuesto, Emiliano Zapata que a la muerte de Torres Burgos asume la dirección del movimiento, tanto en Morelos como en lugares circunvecinos.

Zapata tenía una larga historia como defensor de los intereses de su pueblo y no estaba dispuesto a entregar las armas como reclamaban los maderistas, sino hasta que se materializara la promesa de la devolución de las tierras.

Entre julio y agosto de 1911 se llevan a cabo pláticas entre Madero y Zapata, las cuales se suspenden ante la constatación por parte de los revolucionarios del sur que mientras sucedían las conversaciones, el ejército federal amenazaba con cercarlos. Cuando Zapata se percata del doble juego, rompe las pláticas pero se resiste a proceder en contra de Madero, Zapata argumenta: "la gente aún cree en él y hay que esperar a que le pierda confianza. Cuando suba y no cumpla, no faltará el palo de donde colgarlo".

La ofensiva militar del ejército federal, comandado por Victoriano Huerta, obligó a los zapatistas a esconderse en las montañas. Mientras tanto, Madero emprendía su campaña electoral, que lo llevaría a ser electo oficialmente presidente.

A partir de la firma de los tratados de Ciudad Juárez, Madero se dedicó a defender los intereses de su clase, de hecho, su teoría era que en el porfirismo el único problema era la permanencia en el poder de forma prolongada de los individuos, por lo que una vez que Díaz quedó fuera, su prioridad era la de apagar los incendios que amenazaban a su clase. Uno de los efectos de dicho cambio fue el de sustituir a Francisco Vázquez Gómez por un político muchísimo más moderado: José Maria Pino Suárez.

El 6 de noviembre, luego de unas elecciones poco disputadas, Madero asume la presidencia. Poco tiempo después sus intenciones se hacen evidentes, en primer lugar integró un gabinete fundamentalmente porfirista, preservando todo el sistema de dominación económica y política heredado de don Porfirio y causante principal del levantamiento campesino. Para Madero lo importante eran las elecciones limpias, lo demás era lo de menos.

Los procesos revolucionarios, una vez que han sido activados provocan una gran polarización entre las distintas clases, a tal grado que la violencia se vuelve cotidiana, la lucha se extiende en medio de ascensos y reflujos de la marea revolucionaria, los cuales pueden durar días, meses o años, hasta que una de las clases impone su hegemonía a las demás, rompiendo las trabas que limitaban su desarrollo. En el caso de México, en 1911 el proceso apenas iniciaba. La burguesía que provenía de las capas medias del porfirismo, vivía del extranjero y de los grandes latifundistas, precisamente los obstáculos para su desarrollo como clase, esta situación de dependencia los colocaba como un grupo más bien expectante al inicio del proceso. El proletariado, también de reciente origen, no tenía organizaciones políticas de importancia. Como ya hemos señalado, el aspecto sindical era controlado por el ala más conservadora de los anarquistas en torno a la Casa del Obrero Mundial, que priorizaban únicamente la lucha por demandas económicas despreciando cualquier lucha política, para ellos lo importante era que los políticos los dejaran en paz. La otra vertiente, representada por los Flores Magón estaba ya muy castigada por la represión porfirista y muy aislada debido a su política sectaria, a tal grado de que su importancia ya era minúscula en ese entonces, no obstante también intentó un levantamiento en Baja California que duró desde enero de 1911 hasta junio de ese año, fecha a partir de la cual tuvo un papel más bien marginal, sobre todo a partir de que las autoridades norteamericanas desencadenaron una serie de persecuciones contra activistas de izquierda en general, pero con especial en cono contra los anarquistas. En 1918, Ricardo Flores Magón fue detenido por las autoridades norteamericanas para morir asesinado en su celda de la presión de Leavenworth, Kansas.

La clave de la revolución mexicana fue el movimiento campesino y tenía un carácter básicamente antifeudal por estar dirigida en contra de los grandes terratenientes, pero al mismo tiempo tenia un aspecto anticapitalista en la medida de que afectaba directamente los intereses de los inversionistas extranjeros, uno lo los principales propietarios de tierras y explotaciones mineras.

El movimiento campesino al rebelarse no elaboraba un programa que aglutinara a los descontentos, más bien en un inicio aprovechaba el programa democrático burgués para tratar, por medio de él, de alcanzar sus objetivos, pero en la medida de que la burguesía, por sus compromisos, origen y forma de ser estaba más cerca de la oligarquía que de los campesinos pobres, se generaba en el campesinado una abierta insatisfacción ante los distintos gobiernos burgueses que se mostraban incapaces de resolver el problema de la tierra.

Entre 1911 y 1912 se sucedieron levantamientos en Sinaloa, Nayarit, Tlaxcala, Jalisco, Tamaulipas y por supuesto, Morelos.

Madero era un burgués, firme creyente en que los pobres e ignorantes campesinos eran una amenaza y por ello no vaciló en actuar contra ellos, aunque su actitud distaba mucho de parecerse a la de Díaz. La gran burguesía culminó por achacar los disturbios a su falta de energía y fue fraguando en su seno la idea de sustituirlo. Para la oligarquía y sus socios del extranjero, era necesario eliminarlo no porque fuera demasiado revolucionario, sino porque no era lo suficientemente contrarrevolucionario.

En este contexto, Zapata lanza el 28 de noviembre su famoso Plan de Ayala, en el que planeó como eje de la lucha el reparto agrario para lo cual no encontraba otra salida más que la lucha contra el régimen de Madero:

7º. En virtud de que la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos no son más dueños que del terreno que pisan sin poder mejorar en nada su condición social ni poder dedicarse a la industria o a la agricultura, por estar monopolizadas en unas cuantas manos, las tierras, montes y aguas; por esta causa, se expropiarán previa indemnización, de la tercera parte de esos monopolios, a los poderosos propietarios de ellos a fin de que los pueblos y ciudadanos de México obtengan ejidos, colonias, fundos legales para pueblos o campos de sembradura o de labor y se mejore en todo y para todo la falta de prosperidad y bienestar de los mexicanos.

El plan de Ayala era en suma un llamado a luchar por las mismas causas sociales que en 1910, pero en contra de aquel gobierno que traicionó a dicha rebelión. Lamentablemente no se encontraba en el Plan una propuesta que indicara a todos los explotados, tan sólo señalaba la necesidad de que una junta de jefes revolucionarios nombrara a un presidente interino.

No obstante, de frente a los preparativos de la oligarquía para instaurar una dictadura militar, el Plan de Ayala significó un muy oportuno llamado a las masas campesinas para que se armaran y asumieran independencia de acción de frente a las facciones que estaban en conflicto.

Producto del levantamiento, la capacidad de acción de Madero se tornó cada vez más insignificante. Juvencio Robles, el jefe militar de la zona zapatista desencadenó una feroz represión, la cual fue absolutamente inútil para detener el desarrollo del movimiento zapatista.

El levantamiento zapatista no fue el único. En el norte Pascual Orozco fue invitado a sumarse a una rebelión, aún a pesar de que el mismo era el jefe militar en Chihuahua. La rebelión orozquista quizá fue, desde el punto de vista militar, el principal problema del gobierno federal en la medida en la que el jefe rebelde se llevó consigo a gran parte de las guarniciones locales, fue por ese motivo que el gobierno de Madero se vio obligado a dar el mando de la campaña contra Orozco a Victoriano Huerta y también el motivo por el que rescató del retiro al otro líder popular de la revolución de 1910: Francisco Villa, el cual había sido obligado a separarse del ejercito un año antes, ante la desconfianza que suscitaba en Madero.

El conocimiento del terreno de Villa y el apoyo militar de Huerta facilitó la rápida derrota de Orozco, no obstante era claro que a Huerta le parecía totalmente incomodo participar en una campaña junto con un conocido "exbandido" casi analfabeta, por ello buscó la manera de detenerlo y hacerlo fusilar. La arbitrariedad ante tal intento fue tal que algunos oficiales maniobraron para evitar la muerte de Villa, a cambio fue trasladado en calidad de preso a la ciudad de México. Una prueba de la incapacidad de Madero para comprender nada en esos momentos fue el hecho de que mantuvo en la cárcel a Villa y convirtió en jefe del ejército a Huerta.

El Golpe de Estado y el auge de la revolución

A principios de 1913, la reacción decide finalmente deshacerse de Madero, el 9 de febrero los grupos más representativos de la oligarquía concluyen la elaboración de un plan para dar un golpe de Estado, los acontecimientos se sucedieron luego rápidamente:

Un contingente de soldados formados por alumnos del colegio militar y de los regimientos 1,2 y 5 de artillería se sublevaron, llegando en su ofensiva a ocupar el Palacio Nacional, para después en retirada atrincherarse en el cuartel de la ciudadela. Félix Díaz, recién liberado y Manuel Mondragón dirigen a los golpistas.

Madero designa a Huerta para sofocar la rebelión, éste, que estaba ya coludido con los golpistas fingió atacarlos. La idea de Huerta era ganar tiempo para que se organizara el entramado que le diera al golpe un barniz de legalidad. Para el 18 de febrero ya estaba todo cocinado, Huerta ordena la detención de Madero y Pino Suárez, esa misma tarde, en la embajada de los Estados Unidos, que fungía como centro del complot, Huerta y Díaz pactan la formación de un gobierno provisional encabezado por Huerta, el cual se comprometía a efectuar unas elecciones de las cuales Félix Díaz ganaría la presidencia. Madero y Pino Suárez fueron obligados a renunciar al día siguiente y ejecutados aplicándoles la ley fuga.

De esta forma, los representantes de la contrarrevolución asumen el control del gobierno por el momento. Huerta instaura una dictadura militar sostenida por la oligarquía porfirista, los Estados Unidos y algunos generales oportunistas como Pascual Orozco, el cual no dudó en convertirse en esbirro de la contrarrevolución a cambio de algunos favores económicos.

La misión de la dictadura era reestablecer el orden perdido luego del levantamiento de 1910, consideraban que Madero al ser demasiado débil de carácter estaba permitiendo que la rebelión se desarrollara, ellos en cambio aplicaron una feroz represión, no obstante los resultados fueron totalmente contrarios a los esperados.

Por un lado los campesinos como Zapata no podían tener ninguna confianza en el regreso de los "científicos", especialmente si su jefe era Huerta, por otro lado, otros movimientos campesinos que se habían sometido al régimen de Madero por considerarlo un gobierno legítimo ya tuvieron más pretextos y se lanzaron a la lucha.

Algunos sectores de la burguesía nacional que permanecían expectantes decidieron entrar en acción, la caída de Madero, con quien tenían una alianza, significaba un paso atrás en sus aspiraciones de ir logrando espacios de poder. Ante la disyuntiva de enfrentarse al poderoso movimiento popular que se estaba desencadenando o tratar de encabezarlo, optaron por esto último, tratando de darle continuidad a la lógica maderista de democracia sin reformas sociales.

El 26 de marzo de 1913 se dio a conocer el Plan de Guadalupe, en el que Venunstiano Carranza, un viejo amigo de los Madero y porfirista adaptado a los nuevos tiempos se autoproclamó "primer jefe del ejército".

Pese que algunas de sus principales cabezas tenían antecedentes dentro del régimen porfirista, el Plan de Guadalupe constituye un claro ejemplo del proceder de la burguesía, la cual sin justificación alguna se proclama representante legal del pueblo y se declara en la posibilidad de declarar legal o ilegal a algún otro movimiento que, como el zapatista, no lo aceptara como mando supremo.

El Plan de Guadalupe no incluye alguna propuesta de transformación social, es en suma una declaración de desconocimiento del gobierno golpista y un llamado a luchar contra él. No obstante, jugó el papel de concentrar a todos aquellos que se habían alzado pero que no tenían propuesta alguna, exceptuando a los zapatistas, quienes tenían fundadas dudas de que el jefe de los constitucionalistas tuviera ausencia voluntad de transformar la situación.

Carranza y José Maria Maytorena eran representantes de las clases adineradas que se encontraban a disgusto del lado revolucionario, pero que lo hacían entendiendo que era la única forma de proteger sus posiciones económicas y políticas, asumiendo que sostener el régimen porfirista, aún sin Porfirio, como lo pretendía Huerta era en esos momentos una locura. No obstante sus intereses entraron rápidamente en pugna con los sectores más revolucionarios de las masas, incluso antes de que Huerta quedara fuera de escena, primero respecto a los zapatistas y luego frente al villismo.

La posición de Carranza de frente al reparto agrario quedó clara cuando se opuso al reparto de tierras que sus propias fuerzas intentaron realizar en agosto de 1913 en la Hacienda de los Borregos en Coahuila: "los hacendados tienen sus derechos sancionados por las leyes y no es posible quitarles sus propiedades para dárselas a quienes no tienen derecho".

Por supuesto, al lado del carrancismo había auténticos mercenarios como Pablo González, ex obrero pero dedicado a defender las propiedades de las compañías extranjeras e incondicional de Carranza, de hecho podría decirse que era en sí su brazo armado. Del lado civil el sirviente más destacado de carranza era Luís Cabrera, que en el fondo era su verdadero cerebro. Cabrera logró traducir en programa las aspiraciones de la burguesía que aún a regañadientes se vio forzada a participar en la revolución y la mayor parte del diseño institucional trazado en la Constitución de 1917 es su responsabilidad.

Entre aquellos que se sumaron a los carrancistas estaban algunos miembros de la pequeña burguesía norteña que ya comenzaba a destacarse por su gran ambición de poder y dinero, elementos lo suficientemente faltos de poder económico y político como para luchar en contra de la oligarquía, pero lo suficientemente acomodados como para temer seriamente las aspiraciones obreras y campesinas de transformación social. Precisamente estos elementos en el río revuelto de la revolución podían aprovechar las circunstancias para situarse en posiciones inimaginables fuera de ella, estos fueron los Obregón, Serrano, Calles, De la Huerta que serían conocidos en el futuro como los sonorenses. El aparente radicalismo liberal de su discurso cumplía más bien el papel de cubrir la ausencia de convicciones políticas firmes, como no fuera la fidelidad a sus propias personas. Los obregonistas estaban con Carranza porque en este bando podían satisfacer sus apetitos de poder y dinero. Ni Villa, ni Zapata eran para ellos más que la posibilidad de expropiaciones para su propia clase y en el fondo, esto hacía imposible una alianza duradera con dichos bandos.

Dentro de los constitucionalistas, más por accidente y falta de programa que por convicción, se encontraban elementos sinceramente revolucionarios como Lucio Blanco, que llegó a ser un excelente general de caballería y Francisco J. Mújica. Ambos muy proclives a responder a las necesidades de las masas y siempre muy enfrentados tanto a Obregón como a Carranza. El 30 de agosto de 1913, Mújica y Blanco realizan el primer reparto de tierras, propiedad de Félix Díaz, sobrino de don Porfirio. La reacción de Carranza fue furibunda, anulando tal reparto y quitando el mando de tropas a Blanco. El papel de estos elementos fue un zigzagueo, pero nunca rompieron con los constitucionalistas aún a pesar de que eran más afines a Zapata y Villa que a Carranza y Obregón

Al lado de los constitucionalistas, pero en el fondo de una naturaleza muy distinta, se encontraban los villistas. Villa aún antes de la muerte de Madero había logrado escapar de su reclusión en la Ciudad de México, le habían dado a conocer el plan para asesinar al presidente y si permanecía en prisión, su fusilamiento a manos de Huerta hubiera sido inevitable. Ya en la frontera, entró a México en la zona de Ciudad Juárez con apenas nueve hombres y rápidamente formó un grupo de cientos de campesinos. De forma similar otros campesinos como Toribio Ortega, Calixto Contreras, Maclovio Herrera, sumaron fuerzas de cientos de personas que se agruparon en torno a las que ya poseía Villa. En septiembre de 1913, los campesinos convertidos en generales proclamaron a Villa como jefe de la División del Norte.

El villismo era un movimiento de campesinos dirigido por campesinos. La fuerza de su movimiento provocó que no pocos militares e intelectuales honestos se le sumaran. No obstante, estos nunca pudieron hacerle frente a la personalidad de Villa y a las motivaciones campesinas y populares de su movimiento.

La guerra contra Huerta

Pese a que Huerta poseía el grueso del ejército y algunos generales capaces, éste se encontraba en serios problemas; en el Noreste Pablo González dirigía un ejército que si bien no había podido avanzar desde sus posiciones en Tamaulipas y Nuevo León, se mantenía bien organizado y sin importantes pérdidas, algo así sucedió en el noroeste donde el General Álvaro Obregón comenzaba a romper la resistencia del ejército federal y avanzaba por Sinaloa con rumbo hacia Jalisco, ambos generales obedecían en ese momento las órdenes de Venustiano. No obstante todo esto, el verdadero centro de operaciones de la guerra se encontraba en la zona norte central; Pancho Villa había convertido al grupo de 9 personas, quienes cruzaron con él la frontera un año antes, en un ejército de 40 mil hombres llenos de fe en su líder y entusiasmados con la idea de llegar con la revolución al triunfo definitivo.

El ejecito villista aplastó las principales fuerzas huertistas en todo el territorio de Chihuahua, Coahuila y Durango. Al mismo tiempo las tropas de Pablo González y Obregón se mantenían relativamente estancadas, ello significaba un peligro para la jefatura de Venustiano Carranza, el cual estaba sumamente interesado en impedir que la revolución social que representaba el ejército villista alcanzara el triunfo definitivo sobre Huerta.

Por su parte los huertistas decidieron hacerse fuertes en Zacatecas, una ciudad rodeada por cerros desde los cuales sería posible, ellos pensaban, aniquilar cualquier ofensiva y de ese modo cambiar drásticamente el curso desfavorable que la guerra tenía hasta ese momento.

En un principio Carranza ordenó al general zacatecano Pánfilo Natera ocupar Zacatecas, pero las pérdidas ya se contaban por miles y no había manera de doblegar la resistencia huertista, parecía que los planes federales se cumplirían.

Francisco Villa que se había estacionado a unos cientos de kilómetros, decidió insubordinarse a Carranza y tomar Zacatecas, ello generó la ira del Jefe Máximo el cual por el momento no podía hacer nada.

El 23 de junio Villa ordenó el ataque, el cual se centró en destruir las fortificaciones federales de los cerros de la Bufa y el Grillo, una vez que esto se logró, se desató un avance contundente de la caballería que terminó por generar el desconcierto y derrota del ejército federal, se dice fácil pero la maniobra fue dura y costó la vida de más de 6 mil soldados.

Con esto, la suerte de Huerta quedó echada y lo único que quedaba pendiente era a quién se rendiría el ejercito huertista, si a Obregón o a Villa.

El asunto se definió con la decisión de Carranza de hostigar las líneas de aprovisionamiento de la División del Norte y al mismo tiempo obligar a Obregón a que avanzara a marchas forzadas hacia la capital del país. Villa tenía la opción de enfrentarse directamente a Carranza, pero ello hubiera significado un respiro para las tropas huertistas que ningún revolucionario podía permitir.

La Convención Nacional Revolucionaria

Ambos bandos quedaron en resolver sus diferencias en una convención, luego de que comisiones de villistas y carrancistas se reunieron el Torreón, sin que Carranza hiciera caso a lo ahí acordado. La Convención se verificaría luego de la derrota definitiva de las tropas federales, cuando esto sucedió en agosto de 1914, Carranza se empecinó en que dicha Convención se realizara en la Ciudad de México y que en ella participaran exclusivamente las fuerzas que reconocieran su mando supremo.

Villa no sólo se opuso, sino que propuso integrar a la Convención a las fuerzas zapatistas. Muchos generales carrancistas amenazaron con romper con el jefe supremo si éste no accedía a la realización de la Convención, por lo que éste finalmente accedió y permitió que sus generales acudieran la ciudad de Aguascalientes como la sede del encuentro, el cual se realizó en octubre de 1914.

La Convención Nacional Revolucionaria era en cierta forma la reunión más amplia de los jefes militares campesinos que se había formado hasta ese entonces, incluso los zapatistas hicieron su aparición interviniendo con gran efectividad.

La Convención resolvió un programa social que tenía como objeto atender las necesidades más urgentes de los campesinos y los obreros, al mismo tiempo se declaró soberana, es decir en cierto sentido, desconoció a la autoridad de Carranza como presidente provisional.

No obstante, subyacía un problema que se manifestaba en el marco de la convención: los campesinos revolucionarios representados por Zapata y Villa, desconfiaban totalmente de la voluntad y capacidad de la gran burguesía para llevar acabo un programa en beneficio de obreros y campesinos. Al mismo tiempo, la pequeña burguesía representada por Obregón, Lucio Blanco y compañía dudaba; no estaba segura de jugar un papel dirigente y por eso se mantenía al lado de Carranza, no obstante esa unidad estaba derivada más del miedo a los campesinos revolucionarios que a algún tipo de fidelidad con el "barbas de chivo".

En un momento determinado, presa del ambiente, Obregón y sus aliados optaron por aceptar la soberanía de la convención y de ello jugaron un papel determinante en los acuerdos fundamentales que fueron alcanzados. De hecho, la propuesta de Eulalio Gutiérrez como presidente de la república fue originada por los obregonistas. Los villistas cedieron a la propuesta de Obregón, la cual sonaba más o menos neutral.

Carranza declaró que no se acataba a dicho acuerdo y decidió retirarse a Veracruz. Las fuerzas militares que le eran fieles se reducían en esos momentos a las tropas de Pablo González. Cuando éstas iniciaron la retirada rumbo a Veracruz, sufrieron deserciones masivas. Por otro lado, los obregonistas, que habían participado en los acuerdos de la convención se retiraron hacia la región donde él se encontraba con el pretexto de convencer a Carranza. No obstante lejos de la presión de la Convención, decidieron, con excepción de Lucio Blanco, sumarse a Carranza.

Sin duda una actitud decidida de parte de los generales de la Convención hubiera evitado que los generales obregonistas se sumaran a Carranza, no obstante fue en esos momentos que los dirigentes campesinos mostraron los límites que en esas circunstancias históricas podían alcanzar.

Para los momentos en que las fuerzas de la Convención ocuparon la Ciudad de México tenían el control militar del 80% del territorio y la mayor parte de las tropas, de hecho la retirada descompuesta de Pablo González para reunirse con su jefe en Veracruz lo había dejado prácticamente sin ejército. No obstante las únicas fuerzas que ejercían un poder político y social real de parte de la Convención eran las de Villa y Zapata; una en Chihuahua, a más de 1000 kilómetros de la Ciudad y la otra en Morelos, en un área sólo circunscrita a los pueblos zapatistas. Villa y Zapata eran auténticos representantes y jefes de sus movimientos y aún a pesar de las influencias de intelectuales progresistas eran ellos y su perspectiva campesina y regional la que definía su actuar. El 4 de diciembre cuando se reúnen en Xochimilco, se refleja claramente la visión que tenían del futuro de la revolución:

Villa: "Yo no necesito puestos políticos, no los se lidiar; vamos a ver hasta donde llegan estas gentes. Nomás vamos a encargarles que no nos den más quehacer..."

Zapata: "Yo bien comprendo que la guerra, la hacemos los ignorantes y la tienen que aprovechar los gabinetes pero que no nos den más quehacer..."

La entrada de las tropas de Villa y Zapata a la Ciudad de México el día 6 de diciembre de 1914, marcó el punto más álgido del movimiento revolucionario campesino. Sin embargo, en términos de gobierno, pese a las crecientes dudas que suscitaba la actitud de Eulalio Gutiérrez, no hicieron previsiones importantes para enfrentar la traición que éste ya preparaba. De hecho su actitud de relegar a los elementos pequeño burgueses las tareas de gobierno facilitaron la labor de elementos vacilantes. Como José Vasconselos y Martín Luís Guzmán, entre otros.

En realidad, dichos elementos se pusieron del lado del campesinado pobre cuando el auge revolucionario parecía incontenible, cuando el auge de la lucha fue cediendo y llegó la hora de consolidar un programa, estos "funcionarios de gabinete" se dieron cuenta que se encontraban en un bando del que no había posibilidad de sacar provechos personales; los dirigentes campesinos como Zapata y Villa no sabían muy bien cómo lograr el bienestar de los campesinos, pero eran enemigos firmes contra todo tipo de transacciones con los políticos burgueses como Carranza, es decir, eran enemigos de un programa capitalista sin tener claro con qué sustituirlo. En esas circunstancias comenzó a desarrollarse una desbandada que incluyó al propio Eulalio Gutiérrez, quien huyó creyendo que Obregón lo apoyaría para oponerse tanto a Villa como a Carranza. En realidad Obregón sólo realizó una serie de maniobras para dividir al bando convencionista y cuando lo logró, no dudó en olvidarse de las promesas hechas a Gutiérrez, cuya presidencia se esfumó una vez que abandonó el bando constitucionalista.

Zapata y Villa declararon sinceramente en Xochimilco que ellos no eran buenos para eso de los "gabinetes". Hacía falta un movimiento con un programa muchísmo más profundo, que pudiera oponerse al de la burguesía carrancista o al reformismo de Obregón. Lamentablemente el movimiento obrero, representado en cuanto a fuerza organizada por la Casa del Obrero Mundial, tenía una dirección que combinaba el sectarismo hacia el movimiento campesino revolucionario con el oportunismo hacia el gobierno que le ofreciera mejores garantías de organización. Como eran anarquistas no tenían ni podían tener la idea de unificarse con los campesinos revolucionarios para rebasar al capitalismo. La otra fuerza importante, al menos en el terreno ideológico para los trabajadores era el Partido Liberal de Ricardo Flores Magón, el cual lamentablemente estaba sumamente aislado y al mismo tiempo tenía aún menos disposición que los anarquistas reformistas de la COM a llegar a acuerdos con Zapata y Villa, de hecho los enfrentamientos armados entre magonistas y villistas eran comunes.

Así que una gran carencia, tal vez la más determinante en el seno de la Convención fue la ausencia del movimiento obrero organizado y al mismo, de una organización basada en él, que le permitiera construir un programa revolucionario que los carrancistas fueran incapaces de disfrazar como suyo.

Las fuerzas militares de la convención eran originalmente muy superiores a las carrancistas, de hecho llegaron a ocupar por bastante tiempo la capital del país, no obstante como hemos dicho, políticamente no tenían cohesión y tampoco un proyecto coherente con el cual enfrentar al de la burguesía.

Conforme avanzaba el tiempo, esta situación se hacía más patente, Lucio Blanco retiró su apoyo a la Convención y se pasó del lado carrancista, al parecer este general de caballería consideraba demasiado brutos e ignorantes a los villistas como para dirigir el país, así que optó por los burgueses. Aún hoy muchos piensan así, creen que aunque sean justas las causas de los oprimidos, estos no tienen la capacidad para hacerse cargo de una empresa que las clases burguesas siempre han monopolizado y por tanto consideran mejor buscar entre los burgueses a alguno que sea "amigo del pueblo".

De esta forma se definieron de una manera mucho más nítida los bandos del doble poder, por un lado la burguesía con Carranza y por el otro los campesinos con una Convención dirigida por Zapata y Villa.

Por supuesto, algunos podrían objetar que las diferencias de clase no eran tales dado que los ejércitos constitucionalistas y los convencionistas eran ambos campesinos, esto es cierto, pero la diferencia radica en que en el lado constitucionalista el movimiento campesino seguía a dirigentes y programas de otras clases. De hecho Carranza, como hemos señalado, prohibió expresamente e incluso mandó reprimir cualquier intento de reparto agrario en los territorios que ocupaban; si dio concesiones fue básicamente por miedo a que su ejercito se desbandara y como una forma de arrebatar banderas políticas a los campesinos revolucionarios, aunque mientras pudo, siempre trató de evitar que se afectaran los intereses de los grandes terratenientes y burgueses y por supuesto de las compañías extranjeras. Carranza tenía un discurso nacionalista, pero era más apariencia que realidad, dado que terminó colaborando con el imperialismo norteamericano y cediendo a sus caprichos con tal de obtener armas para enfrentar a Villa.

El poder campesino

Por la vía de la práctica, las zonas controladas por los ejércitos villistas establecían un control de casi todos los sectores económicos, expropiaron en beneficio de la revolución centenares de haciendas nombrando administradores que respondían directamente al ejército revolucionario, impulsaron la educación y tomaron medidas en contra de la especulación, la usura y el acaparamiento tanto de dinero como de alimentos. Una de sus primeras medidas fue el emplear miles de reses de los hacendados para la alimentación de las ciudades.

Es cierto que, salvo a las viudas de los caídos en combate, el villismo no repartía la tierra, pero también es cierto que destruir la estructura económica de la hacienda, fraccionándola en pequeñas propiedades hubiese significado por un lado la desbandada del ejército campesino y por el otro la desorganización económica. El villismo procedió a la explotación de las haciendas y las minas expulsando a los viejos terratenientes para aprovechar todo su potencial económico en favor de la causa, lo cual fue en suma perfectamente correcto y, pese a que ni Villa ni sus compañeros se dieron cuenta, sentaban las bases para un tipo de desarrollo distinto del capitalismo. Por supuesto que para que esto sucediera, se necesitaba mucho más que el pragmatismo que animaba las iniciativas villistas.

Villa no entendía la necesidad de una política de clase aunque en gran medida de forma empírica implementaba un programa de expropiación en contra de la oligarquía, la cual lo veía como su principal enemigo. Un ejemplo de esta falta de perspectiva fue su política hacia los Estados Unidos, la cual estaba basada en evitar cualquier conflicto con los gringos, con el objeto de poder comerciar con ellos los productos expropiados y poder así financiar la lucha revolucionaria, sin prever que tarde o temprano optarían por Carranza.

Como sea, las tropas de la División del Norte creadas bajo la dirección de Villa y las medidas revolucionarias dictadas en los territorios por ella controlada son y seguirán siendo uno de los hitos más importantes en la lucha de clases en México, nunca un ejercito de explotados en el país había llegado tan alto y tan lejos, guiado tan sólo por sus instintos revolucionarios y su odio a muerte a la oligarquía terrateniente.

La otra fuerza campesina, militarmente más pequeña pero no menos importante, era el zapatismo, cuya organización combinaba la explotación colectiva de los ingenios y determinado sectores de la producción regional con el reparto agrario, que se había implementado de facto a partir de la ocupación de las haciendas. Esto les permitía a los zapatistas una mejor organización de la producción local pero bastantes dificultades para construir una economía cohesionada, tal como sí era posible en el territorio villista. Los zapatistas no podían generar los medios materiales para armar a sus tropas con los elementos necesarios para derrotar definitivamente a sus contrincantes, pero nadie como ellos, mientras vivió su jefe, para resistir las campañas de aniquilamiento.

El arraigo a la tierra aseguraba la combatividad de los ejércitos campesino cuando se trataba de defender sus territorios, pero ese mismo arraigo les impedía la movilidad necesaria para trasladarse a zonas de combate distintas a Morelos y sus alrededores.

El aspecto más trascendente del zapatismo no era el militar, sino su organización social y su relativamente avanzado programa político el cual pese a la cierta influencia anarquista hubiera sido plenamente compatible con el triunfo de una alternativa socialista que como hemos señalado, en esos momentos no se presentaba.

La derrota de la Convención

Mientras la crisis política se desataba en el bando convencionista, los carrancistas se reorganizaban política y militarmente para emprender la contraofensiva. Políticamente se implementaron una serie de iniciativas demagógicas con el fin de arrebatar a los ejércitos campesinos las banderas agraristas, por supuesto todo sería después del triunfo. Al mismo tiempo, se tildaba de reaccionarios a los ejércitos campesinos.

El 6 de enero de 1915 se da a conocer una ley agraria que pretendía contrarrestar el Plan de Ayala zapatista, que había sido asumido por la Convención. Carranza por fin había cedido a los consejos de algunos de sus generales y al de su maquiavélico asesor Luís Cabrera. Prometer no empobrece, sería tal vez la idea prevaleciente en el campo carrancista. Del mismo modo se iniciaba una ofensiva de las tropas de Obregón hacia Puebla. La decisión de Villa fue el retirarse de la ciudad y entablar a las batallas en zonas más cercanas a sus líneas de abastecimiento.

Los zapatistas hacían lo que podían para tratar de detener el avance de las fuerzas de Obregón, pero estaban limitados a los medios, bastante modestos de sus propios recursos, dado que desde la Ciudad de México elementos saboteadores como Martín Luís Guzmán y Eugenio Aguirre Benavides pese a estar formalmente comprometidos a abastecerlos, les negaban todo, esperando con esto quedar en buenos términos con Obregón y Carranza.

Al final Obregón logra ocupar la capital, mientras que las fuerzas convencionistas se retiran con los zapatistas a Morelos. En México, Obregón establece una política de alianzas muy amplia que abarca incluso a los supuestos anarquistas de la Casa del Obrero Mundial, a los cuales se les ofrecen garantías para extender su organización en la zona constitucionalista (17 de febrero de 1915). Producto de esta alianza se crean los batallones rojos, los cuales eran más significativos por lo que representaban que por el aporte militar que pudieran suponer.

En el frente de guerra Villa, ha decidido atraer al enemigo mientras que al mismo tiempo trata de neutralizar la posibilidad de que se fortalezcan otros frentes de guerra distintos al del principal, dirigido por Obregón. Manda a su lugarteniente más fiel: Rodolfo Fierro, viejo ferrocarrilero y dueño de un valor ajeno al común de los mortales, a combatir a las tropas constitucionalistas estacionadas en Jalisco, al mismo tiempo manda a Felipe Ángeles enfrentar las tropas de Pablo González en Monterrey, mientras que el general Urbina se haría cargo de los Arrieta en Durango.

Pese a que el despliegue de las fuerzas de la convención era enorme, era notable que ya la única fuerza que tenía cierta consistencia en la lucha contra los carrancistas era la proveniente de la División del Norte, la mayoría de aquellos que habían votado los acuerdos de la convención, en su mayoría elementos pequeño burgueses, tanto civiles como militares estaban desertando. Al mismo tiempo, los Estados Unidos, sin que Villa lo supiera, estaban dando todas las facilidades a Carranza para dotarse de recursos militares. El único bando consecuente con el que contaba el villismo era el zapatismo, pero este no sabía combatir fuera de su zona de influencia y ello la tornaba un tanto inútil en la proximidad de la batalla final en contra de Carranza.

Para marzo de 1915, las tropas de Obregón avanzaban lentamente hacia el Bajío, atrincherándose los primeros días de abril en la ciudad de Celaya y sus alrededores. El día 6 las tropas de la División del Norte inician la ofensiva que según se dice hubiera sido victoriosa de haber existido por parte de los convencionistas tropas de reserva y balas suficientes, no las había, mientras que por parte de Obregón existían importantes contingentes de caballería esperando el momento oportuno para entrar en acción. La batalla se prolongó durante dos días al cabo de los cuales los villistas habían logrado penetrar hasta la propia ciudad de Celaya, no obstante la intervención de las tropas de reserva decide la situación, Villa se ve forzado a ordenar la retirada, teniendo que dejar una buena parte de las tropas que habían logrado penetrar a la ciudad, ante la posibilidad de caer en un cerco que hubiese sido definitivo.

Villa intenta reagrupar fuerzas y para el 13 desata una nueva ofensiva, que fue otra vez contenida por las tropas de refresco de Obregón, el cual contabiliza importantes bajas; 4 jefes, 27 oficiales y 527 de tropa muertos; heridos: 5 jefes, 20 oficiales y 340 de tropa. Las bajas de Villa fueron 1800 muertos, 3 mil heridos y 500 prisioneros, material de guerra y ganado, 13 oficiales villistas que habían encabezado el avance más importante en Celaya fueron ejecutados sin juicio por ordenes de Obregón.

En los siguientes combates: León y La Trinidad, la ventaja estratégica ya era para los carrancistas, los cuales aprovechando el momento lograron derrotar a las tropas más importantes de la División del Norte.

Las pérdidas no eran tan definitivas estrictamente, si bien los villistas habían sido derrotados, en todos los casos la victoria hubiera sido posible, de hecho en la Batalla de León un cañonazo de la División del Norte le arrancó el brazo a Obregón llevándolo a intentar suicidarse. Desesperados los generales sustitutos, encabezados por Benjamín Gil deciden una ofensiva final que de haber sido detenida hubiese significado la victoria para la División del Norte. Si Villa hubiese estado enterado de esto, probablemente hubiese sostenido más tiempo la defensiva y no hubiese optado por una retirada que por la manera en que se dio, resultó finalmente desastrosa. Algo similar sucedió en La Trinidad, finalmente para julio, los restos de la División del Norte se retiraron definitivamente rumbo a Torreón, esperando hacerse fuertes en Chihuahua.

Villa intentó una ofensiva hacia los terrenos de origen de los mandos obregonistas: Sonora; la idea era atacar por sorpresa las ciudades fronterizas de Sonora como Aguaprieta y desde ahí reiniciar una ofensiva. La idea era buena, sin embargo no contaba con que Obregón conocía de esos planes y que el gobierno norteamericano le permitió a las fuerzas de Obregón trasladar en tren a más de 3000 hombres de refuerzo para Calles, el jefe obregonista en Sonora en esos momentos; cuando las fuerzas villistas atacaron se dieron cuenta que habían caído en una emboscada y tuvieron que retroceder.

Villa y Zapata siguen luchando

Villa regresó a finales de 1915 a Chihuahua, todavía tenía un ejército capaz de combatir, pero los medios materiales eran angustiosamente escasos y, lo más importante, la mayor parte de los mandos de lo que quedaba de la División del Norte no creían que fuera posible vencer, en esas circunstancias Villa optó por disolver la División del Norte y regresar a la guerra de guerrillas, en la cual tenía amplio conocimiento y le permitió seguir infringiendo derrotas a los carrancistas, aunque sin poder volver a constituir un ejército a gran escala como lo fue la División del Norte.

Mientras Villa regresaba a su vida guerrillera, en Morelos, aprovechando que las fuerzas constitucionalistas se dedicaban exclusivamente al centauro del norte, los ejércitos de Zapata habían establecido un régimen revolucionario que comenzó a ejecutar los acuerdos de reformas sociales aprobados por la convención, pero debido a las derrotas militares, no implementados en alguna otra parte. De 1914 a 1916, la zona zapatista vivió una relativa calma. Por supuesto que estas circunstancias no durarían eternamente, había la posibilidad de que, con la existencia de un fuerte movimiento obrero que dirigiera el proceso, el campesinado revolucionario pudiera efectuar una sólida alianza y así avanzar rumbo a la consolidación de un régimen socialista. No obstante ya hemos señalado la situación que vivía el movimiento obrero, la cual distaba mucho de ser en esos momentos de vanguardia, no por su culpa, sino por el tipo de dirección que poseía, en esas circunstancias la perspectiva no podía ser otra que la del aislamiento y el posterior cerco, que llevó a la reanudación de la guerra con el carrancismo en condiciones sumamente desventajosas.

Para abrir de 1916, Pablo González, el tenaz defensor de las compañías extranjeras del noreste del país, emprendió una invasión armada contra los territorios zapatistas. No obstante, debido al apoyo de las masas y al oportuno retiro de las tropas de las ciudades importantes, Zapata logró mantener fuerzas suficientes para, a su vez, reiniciar una campaña de hostigamiento a la ocupación para que a principios de 1917 la ocupación carrancista pudiera considerarse prácticamente inútil.

Sobre la base del aislamiento el carrancismo continuó hostigando al movimiento campesino armado de Morelos. Si bien el zapatismo no podía ser derrotado en batallas definitivas, se realizó un cerco de tal modo que la perspectiva de un triunfo zapatista también se volvió más lejano que nunca, en esas circunstancias se propició la división del movimiento.

La constitución de 1917, que demagógicamente retomó muchos de los planteamientos del zapatismo logró profundizar aún más este aislamiento que fue llevando a parte de la cúpula zapatista a considerar una solución en la que la existencia misma de Zapata como revolucionario irreducible, comenzó a ser un estorbo.

Mientras tanto, Villa seguía dando lata en el norte. Luego de enfrentar a los norteamericanos en su propio territorio, Villa tuvo que ocultarse dada la expedición punitiva que en 1916 los Estados Unidos organizaron "buscando a Villa, queriéndolo matar". El fracaso de dicha invasión fue total, mientras los estadounidenses estaban paralizados en el norte, los villistas se reorganizaron, tomaron Parral y se dirigieron al sur con casi 5000 campesinos armados

Precisamente cuando estaba reunido el constituyente de Querétaro, Villa logró retomar Torreón y amenazar, al menos momentáneamente, al gobierno de Carranza, es altamente probable que la presión militar villista haya obligado a no pocos miembros de la constituyente a mostrarse más a la izquierda para hacer aparecer al villismo como un movimiento reaccionario. Como sea, la constituyente de 1917 se reunió entre la amenaza de un villismo y un zapatismo diezmados, pero no derrotados.

El gobierno de Carranza

En la Ciudad de México, luego de la derrota de Villa, los batallones rojos fueron disueltos. Tal parece que los dirigentes obreros creyeron que era en serio el compromiso con el constitucionalismo en el sentido de apoyar e impulsar las luchas obreras. Durante los primeros meses de 1916, las huelgas por reivindicaciones económicas se generalizaron, principalmente en la capital, donde la presión es tal que el 31 de julio estalla una huelga general, la cual es impulsada por el naciente Sindicato Mexicano de Electricistas y apoyada por la Casa del Obrero Mundial, evidentemente que los anarcosindicalistas de la COM no pretendían un movimiento subversivo, pero en el marco de la parte final de la guerra con la División del Norte y de la inestabilidad reinante, la huelga se convirtió en un peligro intolerable para el gobierno carrancista, el cual ordena la detención y ejecución de los principales dirigentes. La COM, desconcertada, ordena el levantamiento del movimiento huelguístico el día 3 de agosto. La represión fue brutal, se ordenó la suspensión del derecho de reunión y se amenazó con la pena de muerte a quienes se atrevieran a promover actividades sindicales. De esta manera murió la COM, más con pena que con gloria. Así el movimiento obrero quedó desorganizado por un periodo de tiempo. No obstante, la necesidad de la industrialización del país trajo consigo el surgimiento de multitud de diversas organizaciones sindicales de toda índole.

La lucha obrera, aunque derrotada, se convirtió en un factor a tomar en cuenta y por ello, la misma necesidad de darle una respuesta se expresó en dos elementos claves en ese periodo: por un lado con la redacción del articulo 123 de la Constitución, el cual señalaba una serie de garantías sociales para defender el derecho al trabajo y establecía ciertos limites a la explotación. Con la redacción de dicho artículo nuevamente se pretendía arrebatar posibles banderas políticas a otros grupos, ya sea sindicales o campesinos y afianzar políticamente al gobierno carrancista. Ya hemos señalado que para Carranza y Obregón el asunto no era aplicar reformas, sino manejar políticamente la promesa de las mismas.

La otra medida tomada desde el Estado para tratar de domar el latente peligro sindical, fue la construcción de un movimiento obrero dominado desde el poder mismo y ajustado a las necesidades del Estado capitalista y no de los trabajadores. El día 12 de mayo de 1917 bajo el impulso de Carranza se crea la Confederación Regional Obrera de México, la CROM. Por supuesto, el diseño de la nueva central no era perfecto, en ella también coexistían elemento residuales del anarquismo y aquellos que comenzaban a simpatizar con las ideas del socialismo científico. No obstante, el Estado se encargó de asegurar que su empleado: Luís N. Morones se quedaría con el control de la organización. Dos años después, en 1919, los golpeadores de Morones se encargaron de eliminar tanto a anarquistas como a socialistas de la central oficial.

Volviendo al gobierno de Carranza, éste había derrotado militarmente a la División del Norte y ya había sido reconocido por Estados Unidos como gobierno de facto, para eliminar ese pecado original, el gobierno de Carranza se avocó a crear un marco jurídico que le permitiera presentarse como gobierno legítimo tanto dentro como fuera del país. El Congreso Constituyente convocado por Carranza excluyó, por supuesto, a todo aquel que siquiera se sospechara hubiera tenido alguna simpatía con algún movimiento hostil al constitucionalismo. No obstante a pesar de la exclusión de los representantes del campesinado revolucionario, se formaron dos alas en la Constituyente, por un lado aquellos que eran simples empleados de Carranza como Luís Cabrera, y por el otro elementos sinceramente revolucionarios que se encontraban en el bando de Carranza por no encontrar alternativas en algún otro, el caso más ejemplar que ya hemos citado fue Francisco J. Mújica.

El marco general de la Constitución fue establecido por los carrancistas, los cuales se aseguraron de proteger el derecho a la propiedad privada, de establecer un régimen presidencialista, democrático burgués, etc. En realidad, la idea para los carrancistas era mantener la constitución de 1857, con algunas modificaciones menores. Sin embargo, la huelga general y la brutal represión que le siguió así como la existencia de movimientos armados en diversas regiones hacía imposible para los carrancistas hacer a un lado a sus aliados de otras facciones. La posibilidad de una nueva ruptura en las filas constitucionalistas no era descartable y tampoco era seguro que en aquellas circunstancias el bando de carrancistas puros hubiera podido salir adelante. Obregón, que había sido el caudillo triunfador podía darse el lujo de aparecer radical de frente a Carranza y con miras a la próxima sucesión. Todos estos factores influyeron para que en la Constitución combinaran planteamientos más o menos progresistas en educación, agricultura, trabajo, salud, recursos naturales con la república burguesa.

En suma, la Constitución de 1917 es en sí una ley burguesa que contiene concesiones sociales propias de la coyuntura de su tiempo, probablemente dentro de los marcos del capitalismo no se hubiera podido avanzar más en el terreno legal. Al mismo tiempo la propia Constitución es la prueba palpable de que en el marco del sistema de explotación capitalista ninguna ley, por más avanzada que sea, puede eliminar la miseria y la explotación que ese sistema implica, el derecho no mandó a la economía, fueron las relaciones económicas y el poder que de ellas emana las que establecieron qué aplicar y qué no aplicar de aquella Constitución.

Con la promulgación de la Constitución en febrero de 1917, Carranza dio paso a lo que realmente le interesaba, es decir, ser electo presidente constitucional, luego de lo cual volvió a orientar sus afanes en aplastar a los líderes revolucionarios que aún se encontraban en armas.

Para solucionar el conflicto con Zapata en Morelos, Carranza no estaba dispuesto a ningún acuerdo, como no fuera la rendición incondicional. Pero mientras Zapata estuviera vivo esto era imposible.

Al mismo tiempo en el bando zapatista las cosas comenzaban a deteriorarse en la medida de que el aislamiento parecía extenderse indefinidamente; Eufemio Zapata murió en un pleito, Otilio Montaño, el redactor del Plan de Ayala murió fusilado por traición. Manuel Palafox fue hecho a un lado, víctima de intrigas, etc.

Como hemos señalado, la existencia misma de Zapata era un obstáculo para negociar con el gobierno. El caudillo del Sur, deseoso de romper la cadena de contrariedades, se convirtió en víctima relativamente fácil de una celada por parte de los carrancistas.

El 10 de abril, víctima de un complot, Zapata cae asesinado por ordenes de Jesús Guajardo, esbirro de Pablo González. Con la muerte de Zapata, las tendencias de derecha dentro del movimiento se fortalecen, sólo esperaron la caída de Carranza para llegar a un acuerdo con el gobierno.

El periodo de Carranza 1917-1920, se caracterizó por la consolidación del constitucionalismo y sus grupos como la nueva casta en el poder. Sin embargo, la crisis política en el seno de la burguesía aún no terminaba. Las masas trabajadoras del campo y la ciudad no estaban férreamente amordazadas física o ideológicamente, así mismo la miseria y el hambre tampoco justificaban alguna fidelidad al grupo gobernante. Así que en el México de Carranza había todo menos una democracia burguesa clásica. Lo que teníamos era un ejército triunfante, un campesinado exhausto, una burguesía afanosa en consolidar y capitalizar el nuevo Estado resultante y una clase obrera en proceso de reorganización.

Carranza gobernó de forma despótica, la corrupción reinó bajo su mandato, hizo del término carrancear un sinónimo de robar. En dichas circunstancias la imagen del caudillo vencedor--Obregón--se hizo más fuerte conforme se terminaba su periodo constitucional. Obregón decidió no aceptar el cargo de Secretario de Guerra, para refugiarse en Sonora, en realidad Obregón sólo se retiraba para preparar a su gente para deshacerse de Carranza. Obregón por decirlo de algún modo, representaba al nuevo político burgués, lo suficiente ambicioso como para arriesgarse a todo tipo de maniobras por el poder político y lo suficientemente poderoso como para enfrentar a las clases explotadas y reprimirlas si hacía falta. Eliminando a Carranza, Obregón eliminaba lo que quedaba de porfirismo en los políticos burgueses de esos tiempos.

La sombra del caudillo

En 1920 la elección presidencial hizo estallar los conflictos entre caudillos, Obregón contendía frente a Pablo González e Ignacio Bonillas, el candidato de Carranza.

El ejército mostró sus simpatías por Obregón y estaba claro que sería presidente por las buenas-elecciones--o por las malas--levantamiento militar--. Carranza intentó evitar su avance haciéndolo prisionero, pero fracaso, no obstante con ello dio el motivo que Obregón esperaba.

El 23 de abril, desde Aguaprieta, Sonora, Obregón se subleva apoyado principalmente por políticos y militares sonorenses. Conforme el movimiento avanzó, se le sumaron todos aquellos que tenían algo contra Carranza, incluyendo a Pablo González.

Carranza intentó la vieja hazaña de escapar a Veracruz, no sin antes llenar hasta el tope vagones de ferrocarril con las riquezas que pudo, lo que dificultó su huida. Durante el camino Carranza fue asesinado por su propia escolta. La traición, principal instrumento de Carranza para mantenerse en el poder, fue también la que terminó con su vida.

Luego del final de Carranza el gobierno provisional de Adolfo de la Huerta logra la rendición de los dos movimientos potencialmente más peligrosos para el Estado desde el punto de vista del poder, por un lado Villa se retira y por el otro los sobrevivientes del zapatismo también lo hacen. La diferencia estribó en que mientras Villa se retiró a sus asuntos particulares sin involucrarse en política, los zapatistas sí lo hicieron: en primer lugar se sumaron a las fuerzas de Obregón y después se encargaron de organizar al Partido Nacional Agrarista, como un sostén político del propio Obregón. De esta forma Antonio Díaz Soto y Gama y Gildardo Magaña claudicaron de forma poco decorosa ante la burguesía nacional.

Eliminado Carranza, Obregón, casi sin oposición, es electo presidente. Durante su gobierno buscó sostener una relativa estabilidad, tratando de llegar a un acuerdo entre las clases poseedoras por un lado y por el otro, adoptó una postura muy represiva para con aquellos sectores de obreros y campesinos que por el desarrollo de sus luchas, implicaron un cuestionamiento al poder que la burguesía trataba de consolidar.

La burguesía no dudó en emplear la demagogia y las promesas combinadas con la compra de los dirigentes, aún hoy en día es famosa su frase "No hay hombre que resista un cañonazo de 50 000 pesos", si con esto no era suficiente, entonces la represión abierta no se hacía esperar. La facción burguesa en el poder comprendía que una de sus principales justificaciones para gobernar era el reclamarse como la única heredera legítima de la revolución, como su continuadora indiscutible. Cualquier movilización que se saliera de sus manos, podría ante la aún inestable situación, reclamarse como la verdadera revolucionaria y no estaba dispuesta a permitir una posibilidad semejante.

Un caso emblemático para señalar el trato que el régimen obregonista sostenía para con el movimiento social, se encuentra en los casos de los gobernadores radicales Francisco J. Mújica en Michoacán, Tejada en Veracruz y Felipe Carrillo Puerto en Yucatán. En todos los casos se trataba de gobiernos que promovían la organización y la movilización de las masas tratando de hacerlas participar en la ejecución del programa de la revolución; en el caso de Tejada, había más la idea de dotarse de una base social para negociar posiciones de poder mejores con respecto del régimen, no obstante la coyuntura permitió que Tejada diera el visto bueno para que Úrsulo Galván, de extracción comunista, organizara un movimiento campesino muy politizado y combativo que enfrentó tanto a los terratenientes como a los rebeldes delahuertitsas, las libertades que gozó el joven movimiento comunista en Veracruz no se tuvieron en ninguna otra parte, aunque a la larga, el proceso facilitó posteriormente la captación de algunos dirigentes comunistas, entre ellos el propio Galván.

Respecto a Carrillo Puerto, éste tuvo un mayor margen de maniobra para implementar una revolución a fondo en Yucatán, con la formación del Partido Socialista del Sudeste y la creación de milicias locales en el seno del movimiento campesino, no obstante esa lejanía que dificultaba una intromisión del centro en asuntos locales, permitió a su vez que la reacción actuara de forma despiadada una vez que tuvo las manos libres para actuar en contra del gobernador revolucionario, su asesinato en el marco de la rebelión delahuertista puso fin al experimento social de Yucatán, aún hoy se especula sobre la posibilidad de que el propio Obregón haya abandonado a su suerte a Carrillo Puerto como una forma de deshacerse de un aliado incómodo.

En el caso en el que hubo un franco enfrentamiento fue en el de Francisco J. Mújica, el cual logró ser gobernador en contra del candidato que apoyaba Obregón en 1920 y a partir de entonces, sufrió un permanente hostigamiento tanto del gobierno central como de los terratenientes locales. En contraparte, Mújica realizó una intensa labor de organización entre obreros y campesinos con su Partido Socialista, al grado de llegar a organizar también milicias propias, de un carácter abiertamente socialista, incluso tenía su periódico, el "123" en el que proclamaba la necesidad de expropiar a los latifundistas y la lucha contra la religión, entre otras cosas. En este proceso, trabó amistad con Cárdenas, cuya protección fue clave para que a la hora de que por fin lograron separarlo de la gubernatura, se lograra impedir su fusilamiento.

Obregón era ante todo un jefe militar, su poder estaba sustentado en el poder sobre el ejército mientras que las instituciones que formalmente representaban el poder político apenas estaban en un proceso de consolidación, en esas circunstancias el surgimiento o la existencia de alguna otra figura emblemática que pudiera ser retomada por sus oponentes para hacerle sombra era una posibilidad real. En estas circunstancias sus incómodas relaciones con los sectores revolucionarios dentro de su propio movimiento se tornaban intolerables respecto a aquellos que se encontraban fuera de él o que abiertamente lo desconocían.

Es en este periodo cuando Obregón buscó el reconocimiento formal de los Estados Unidos, para lograrlo el gobierno firmó con el norteamericano el Tratado De la Huerta-La Montt, el cual obligaba a México a pagar cuantiosas sumas por los daños a propiedades norteamericanas durante la revolución, a reanudar el pago de la deuda externa y a no producir maquinaria pesada en un lapso de 99 años, entre otras cosas, a cambio, el gobierno norteamericano por fin reconoció al mexicano como legalmente constituido. El tratado en si mismo es una muestra del nivel de sumisión al que es capaz de llegar la burguesía nacional para con sus amos extranjeros.

En estos años surgió el Partido Comunista, acontecimiento que sin duda, al margen de las anécdotas chuscas de su fundación, fue el acontecimiento más importante para la clase obrera de aquel periodo revolucionario. La influencia de la revolución de octubre se extendió por doquier y México no fue la excepción. Los movimientos campesinos son los que de manera más rápida sufren la influencia de los militantes del PC, aunque también en el plano obrero participan en la formación de la Confederación General de Trabajadores. El movimiento más importante que el PC dirigió en ese entonces fue el de la Liga de Comunidades Agrarias de Veracruz con Úrsulo Galván al frente. Rápidamente el pequeño PC se dotó de una juventud muy activa y una militancia abnegada dispuesta a todo tipo de sacrifico y privaciones por extender las ideas de la revolución socialista por todo el país. Lamentablemente como en todo el mundo, el proceso de degeneración burocrática de la internacional comunista que se caracterizó en términos internacionales por convertir a la internacional creada por Lenin y Trotsky de un Estado Mayor de la revolución en una simple oficina de relaciones internacionales de la Unión Soviética.

En lugar de establecer orientaciones tácticas a partir de un análisis de la situación concreta del país, lo que se hizo fue adaptar las líneas de la internacional a las condiciones del país, de tal modo que paulatinamente el movimiento comunista fue perdiendo las oportunidades que se presentaron tanto para crecer como para desarrollar un potente y clasista movimiento obrero. Pese a todo el esto, durante los años veintes la historia de los militantes del PCM es y será un ejemplo para toda la clase obrera.

En el periodo de Obregón el PC se desarrollaba rápidamente y por supuesto que el gobierno seguía con atención sus pasos y lo reprimía cuando consideraba que su avance pudiera ser peligroso, no obstante en general, la mayoría del movimiento obrero y campesino estaba controlado por el gobierno central, aunque hay que decir que era un control muy relativo, más bien los distintos caudillos locales en nombre del gobierno central ejercían un control frágil, pero control al fin. Todavía la burguesía no contaba con mecanismos institucionales para ejercer su dominio sin necesidad de los caudillos.

México era un país semicolonial, los terratenientes estaban siendo borrados del mapa producto de la guerra campesina, pero los burgueses, pese a poseer el poder político, no contaban con una estructura social que le diera control estable al sistema. En esas circunstancias era impensable para la burguesía el dar rienda suelta a una democracia auténticamente representativa de los grupos sociales existentes.

Las crisis políticas de la época responden a esa extrema debilidad de la burguesía como clase. En periodos relativamente breves de tiempo estallaban crisis que se resolvían por medio del enfrentamiento armado. Obregón era el caudillo indiscutible, pero estaba demasiado fresco el recuerdo del porfirismo como para que la casta de hombres de la guerra permitiera que él se mantuviera por mucho tiempo en la presidencia.

Cuando se acercó el momento de la sucesión presidencial y ante la imposibilidad de la reelección Obregón optó por apoyar a Plutarco Elías Calles, por lo que Adolfo de la Huerta, su ministro de Hacienda terminó por romper con él y amenazó con levantarse.

En esas circunstancias, Obregón se inclinó por eliminar posibles caudillos de una posible futura rebelión y en este marco fue asesinado Francisco Villa.

Probablemente De la Huerta no era en sí mismo un elemento reaccionario, no obstante la gran mayoría de los restos de la oligarquía prerrevolucionaria despojada y en conjunto lo peor de las clases poseedoras, decidió sumarse a la revuelta de De La Huerta, iniciada en diciembre de 1923, con el fin de sacar provecho de ella. Con ello alrededor de 60 000 hombres de las fuerzas armadas se levantaron.

No obstante, para febrero de 1924 la rebelión había sido sofocada. Ese lapso de tiempo fue más que suficiente para que las huestes reaccionarias ejecutaran a cientos de revolucionarios, como fue el caso de Felipe Carrillo Puerto, ejecutado en enero de 1924, el cual había encabezado en el breve tiempo que se mantuvo en el gobierno de Yucatán un movimiento de masas en favor del reparto agrario, la educación, la salud y ley del divorcio, entre otras cosas.

La razón de la derrota tan rápida del movimiento delahuertista fue sin duda el hecho de que las masas intervinieron decididamente, porque lejos de ver a la rebelión como un mecanismo para avanzar, se dieron cuenta rápidamente del contenido reaccionario del movimiento rebelde. Su triunfo hubiese significado el regreso de la reacción que perdió el control en México en la época de Victoriano Huerta.

Derrotado de la Huerta, nada impidió que Calles asumiera la presidencia. Durante su periodo se refuerza el control político de la clase obrera por medio de la CROM y del campesinado por medio de las ligas campesinas. En ese periodo también se inicia el control de organizaciones gremiales pequeñoburguesas, englobadas en el término "organizaciones populares". Para controlar al ejército, se establecieron zonas militares con mandos rotatorios, con el objeto de evitar que algún general afianzara un cacicazgo peligroso para el presidente.

Pese al triunfo militar de Calles y Obregón, esto no significó en algún modo la estabilización de los movimientos sociales, todo lo contrario, la organización obrera estaba expandiéndose y la CROM, pese a sus afanes no lograba absorber todos los esfuerzos organizativos, ante los cuales el PC comenzaba a convertirse en competencia seria, especialmente en el movimiento ferrocarrilero.

La característica principal de esos tiempos era que la lucha campesina y obrera seguía sujeta a que la mayor parte de los líderes habían sido encarcelados, asesinados o simplemente comprados. En esas circunstancias, se hacía indispensable una estructura política que le diera más cohesión a la casta gobernante y permitiera una acción más homogénea para dominar al movimiento obrero y campesino.

El olvidarse definitivamente del reparto agrario habría supuesto para el gobierno enfrentar la posibilidad de otro levantamiento militar apoyado por las masas campesinas, que eran la mayoría, algo similar sucedía con los trabajadores que reclamaban en los hechos el derecho de huelga. No obstante, en el otro flanco estaban las empresas extranjeras y en general, los intereses de los países imperialistas que exigían como condición de reconocimiento la protección de sus intereses.

El gobierno de Calles buscó maniobrar, por un lado no duda en prometer al movimiento obrero y campesino una ley laboral o un reparto agrario próximo, mientras que a los latifundistas y burgueses extranjeros les garantizaba que sus intereses serían respetados.

A medida de que el tiempo pasaba y las movilizaciones de masas subían de tono, el gobierno callista se veía en la necesidad de arreciar la represión, pero al mismo tiempo se enfrentó a una impaciencia de los sectores oligárquicos, los cuales ante la incertidumbre, optaban por prepararse para combatir al gobierno en cada ocasión que podía, así sucedió con de la Huerta y con el movimiento cristero.

La iglesia, que era otro de los sectores damnificados por el movimiento revolucionario, perdiendo gran parte de los privilegios que había recuperado en tiempos de Don Porfirio, lanzó una campaña de presión en contra del gobierno.

Una amplia capa de campesinos de las zonas de mayor influencia clerical se sumó a las presiones de la iglesia. Una de las causas de la participación del campesinado de las regiones del centro del país fue el casi nulo reparto agrario, hay que recordar que de 1920 a 1928 se habían repartido cuando mucho 40 000 hectáreas, la mayoría de ellas en la Michoacán mujiquista. Cuando los sacerdotes los llamaron a rebelarse contra el gobierno al grito de ¡Viva Cristo rey! poco o nada tenían que agradecer al gobierno de Calles.

Con la Constitución de 1917, la iglesia católica quedaba en calidad de simple asociación civil con los mismos derechos y obligaciones que cualquier mortal, incluso en el peligro de tener que reportar ingresos y pagar impuestos. Además de ello, se le asestaba el duro golpe de separarlos para siempre de la educación.

La iglesia creó desde principios de los veintes una Liga Nacional por la Libertad Religiosa, con el objeto de movilizarse en contra de la aplicación de la citada Constitución y al mismo tiempo organizar fuerzas de choque.

A mediados de 1925, la LNDLR declara un boicot económico, al mismo tiempo la iglesia suspende la celebración de misas publicas, en realidad difundieron la mentira de que era el gobierno el que las prohibía, lo que desató la ira de los sectores más atrasados y manipulables de las masas campesinas.

En diciembre, en confluencia con religiosos jesuitas de diversas nacionalidades, deciden el levantamiento que estalla finalmente en 1926.

Los agentes de la iglesia dentro del movimiento cristero desataron el terror en contra de aquellos que no participaban en el movimiento, muchas comunidades que habían aceptado tierras del gobierno eran escarmentadas con ahorcamientos y fusilamientos que provocaron--al contrario de lo que los cristeros pensaban--el apoyo al gobierno de Calles que se necesitaba para enfrentar la rebelión.

Decenas de miles de seres humanos fueron sacrificados para que la iglesia conservara algunas de sus prerrogativas. Para 1929, cuando se logró un acuerdo del gobierno con la iglesia, los levantados en armas no solamente no fueron consultados sino que simplemente fueron abandonados por aquellos que les habían llamado a luchar por Cristo argumentando:

"La destrucción de la libertad religiosa y política, de la libertad de la educación, los sindicatos y la prensa; el negar a Dios y la creación de una juventud atea; la destrucción de la propiedad privada a través del saqueo, la socialización de la fortaleza nacional; la ruina del trabajador libre por medio de organizaciones radicales; el repudio de las obligaciones internacionales; tal es en sustancia, el programa monstruoso del régimen presente. En suma, la destrucción deliberada y sistemática de la nacionalidad mexicana". (Capistrán Garza, manifiesto de la LNDLR a la nación, diciembre de 1925)

Al final del periodo de Calles, nuevamente estallan las desavenencias en el seno de la familia revolucionaria: Calles y Obregón ocupan todo el panorama político y es muy difícil que alguien ose actuar al margen de los dos caudillos principales en busca de la presidencia. Obregón, logra modificar la Constitución para un segundo mandato, cuando precisamente uno de sus hombres, el general Serrano, considerando que a él le correspondía ocupar la candidatura, ya había amarrado compromisos con algunos partidos. Envuelto en una situación comprometida, Serrano opta por continuar con su intento tratando de levantarse en armas, para lo cual trata de comprometer a otro posible candidato, el general Gómez, probable candidato de Calles. Para evitar cualquier conflicto con Obregón, Calles abandona a su suerte a Gómez. Finalmente la rebelión es sofocada antes de que estalle y Gomez y Serrano son asesinados.

Obregón tuvo entonces la vía libre para ser reelecto, con lo que sin duda de abría paso a convertirse en un presidente vitalicio, aquella famosa frase de Obregón "nosotros seremos los científicos del mañana" parecía que se volvía realidad.

No obstante, Obregón es asesinado por fanáticos cristeros, pero en circunstancias que dejan las dudas respecto al interés de Calles porque la ejecución tuviera éxito. Como quiera que sea, Calles queda al frente de una "familia" poco fraterna.

El gran acuerdo de la "familia revolucionaría", el maximato

El caudillo sobreviviente requería de una estructura política que conjuntara a los principales instrumentos del poder, corporaciones de trabajadores, de campesinos, así como los diversos partidos políticos, todos bajo la batuta del Jefe máximo. De este modo, el Partido Nacional Revolucionario surgió como el instrumento que Calles emplearía para lograr el control de la nueva casta política, la cual a su vez, tuviera las palancas para asumir el control económico y político del país.

La nueva burguesía mexicana se desarrollaba por medio de dos vertientes, una era la de la vía trasnacional en directa asociación de los intereses capitalistas extranjeros, la otra era la incrustación en el seno del aparato del Estado por medio del partido, a partir de la cual, lograr condiciones de negociación ventajosas con la otra facción y sus amos extranjeros.

Por supuesto que al principio la fundación del PNR se consideró como un acto eminentemente político, no obstante debido a su trascendencia para consolidar la hegemonía de la burguesía sobre el país, se podría considerar que si la Constitución fue el acto legal fundacional del Estado mexicano del siglo XX, la fundación del PNR fue su principal acto político. Los caciques y caudillos que participaron en el pacto que dio origen al PNR se beneficiaron materialmente en la medida en que les aseguraba espacios de poder, ya sea regionales o sectoriales de tal modo que esto aseguró una fidelidad permanente con el aparato del partido y con el aparato del Estado, hablando en términos mafiosos, se aseguró a cada capo un territorio para explotar a sus anchas a cambio de la defensa en conjunto de la "familia revolucionaria", cualquier conflicto entre territorios era resuelto por el veredicto inatacable del "jefe máximo". Todo esto teniendo como fachada una de las Constituciones burguesas "más progresistas del mundo".

En el seno del PNR se fue gestando, como los recién nacidos de los marsupiales, una burguesía burocrática y parásita. La otra burguesía, aquella que no participó, sino que sufrió la revolución, tuvo espacios por medio de sus vínculos con la burguesía internacional, para desarrollarse y crecer económicamente, haciéndose fuertes especialmente en el norte y el centro del país. De estos grupos surgió el apoyo económico y la protección de movimientos de derecha radical, que combinaron acciones de todo tipo con tal de presionar al Estado para impedir la plena aplicación de los artículos progresistas de la Constitución.

Mientras el desarrollo económico del país hacía de la función del Estado como gran capitalista algo imprescindible, la burguesía burocrática dictó la partitura del acontecer político, cuando la burguesía heredera del porfiriato se sintió lo suficientemente fuerte para sustituir a la otra, comenzó la crisis política que estalló décadas después.

Discutir sobre el carácter progresista de una u otra burguesía es como buscarle tres pies al gato, en realidad ambas se desarrollaban a costa de la explotación de los trabajadores y en ambos casos había un acuerdo con el imperialismo para convivir.

El jefe máximo designó los siguientes presidentes: primero a su principal ideólogo Emilio Portes Gil; luego a Pascual Ortiz Rubio, un político interesado en ejercer directamente el poder político y que tuvo que renunciar en la medida de que nadie le hacía caso. "Aquí vive el presidente, el que manda vive enfrente" era una frase de la época que ilustraba bastante bien lo que pasaba.

Cuando Ortiz Rubio renunció, Calles designó a Abelardo Rodríguez, un empresario corrupto que se dedicó a obedecer al jefe máximo al mismo tiempo que instalaba casinos y centros de prostitución desde la frontera con Estados Unidos y a lo largo de la costa del Pacifico.

Cuando Calles quedó sólo, luego de la muerte de Obregón, se preocupó por eliminar todo vestigio de obregonismo en las filas del sistema político, los partidos que apoyaban a Obregón fueron desmantelados, el Laboral y el Agrarista desaparecieron, lo mismo sucedió con el sindicato de Luís N. Morones--la CROM--, único interlocutor del movimiento obrero oficialista con el Estado. En esta coyuntura se empezaron a desarrollar los gérmenes de lo que sería posteriormente la CTM, no obstante podríamos decir que, sobre todo, la última parte del maximato fue una época de feroz reacción contra el conjunto del movimiento obrero y de una clara intención de Calles por dejar claro que su régimen estaba al servicio del desarrollo de la burguesía.

La crisis del 29, que surgió en México en los momentos en los cuales apenas se empezaba a despegar de la crisis de la guerra civil, significó un duro golpe en contra de toda la población trabajadora. En el seno de la "familia revolucionaria" surgían todo tipo de voces en la búsqueda de un nuevo rumbo, en ese contexto apareció el cardenismo.

El cardenismo

La razón del crecimiento de la inestabilidad se encontraba en el compromiso que había asumido tanto Plutarco Elías Calles como Álvaro Obregón para dejar sin efectos los elementos sociales más importantes de la Constitución de 1917. Por ejemplo, los latifundios seguían siendo la principal forma de propiedad de la tierra. Desde el gobierno de Carranza hasta el de Abelardo Rodríguez a finales de 1934, el total de tierra repartida fue de poco más de 7 millones de hectáreas, es decir, durante 17 años no se había repartido ni el 20% de la tierra en manos de latifundios. Otro aspecto fue el caso de las compañías extranjeras que explotaban la industria, las materias primas y los recursos naturales como el petróleo. Los pactos para declarar la no retroactividad en las propiedades extranjeras, especialmente norteamericanas, eran la condición para que se le concediera al gobierno el reconocimiento internacional y esa condición era cumplida cabalmente por los gobiernos tanto de Obregón como de Calles; no señalamos a los individuos que ocuparon la presidencia durante la hegemonía de dichos caudillos porque en términos reales, sólo eran operadores políticos de Calles.

Las masas trabajadoras del campo y la ciudad se habían levantando en armas en contra de un régimen que mantenía muchas semejanzas en el terreno económico con el posrevolucionario. Al no ser cubierta la mayoría de sus necesidades, había amplias posibilidades para que los estallidos sociales se convirtieran en abiertas rebeliones contra el régimen. Por esta razón, el Partido Comunista Mexicano (PCM) había tenido importantes avances en todos los terrenos y, pese a ser una organización relativamente pequeña, contaba ya con importantes posiciones tanto en el terreno sindical con la Confederación Sindical Unitaria de México, como en el campo con las Ligas Campesinas. Los jóvenes comunistas, pese a tener una política ultraizquierdista, derivada de la política del tercer periodo estalinista (todo era reaccionario menos ellos), dirigían huelgas y tomas de tierras y eran ya el principal objetivo de las detenciones políticas.

Las huelgas se intensificaban, en 1933 estallaron 13 huelgas mientras que en 1934 fueron 202, esto sucedía mientras que los comunistas se posicionaban y las centrales oficiales como la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) y La Confederación General de Obreros y Campesinos de México (CGOCM) no lograban recuperar el control del movimiento de años atrás.

En este escenario se gestó una pugna entre la "familia revolucionaria", por un lado el callismo que representaba la alianza de la burguesía nacional con la oligarquía y el imperialismo y por el otro los sectores de izquierda del constitucionalismo como Cárdenas y Francisco J. Mújica, más proclives a buscar la estabilidad del régimen basándose en controlar al movimiento social que a enfrentarlo, como lo estaba haciendo Calles cuando expidió una Ley Federal del Trabajo de corte semifascista en 1930.

El desgaste de Calles se manifestó en la llegada de Cárdenas a la presidencia, este último, si bien había sido funcionario del gobierno durante el callismo, nunca había roto nexos con la izquierda constitucionalista y podía ser considerado como un elemento neutral, que le sirviera al jefe máximo como intermediario con el ala izquierda del PNR.

Al inicio del mandato de Cárdenas, la continuación de las políticas de Calles no hizo sino empeorar las cosas. El 12 de diciembre de 1934, los trabajadores de Tampico estallan una huelga general que rápidamente se extiende por 11 estados, incluyendo muchos sindicatos importantes del Distrito Federal. Para 1935, las huelgas estalladas fueron 642 y casi 150 mil obreros en lucha.

En este marco las centrales obreras oficiales estaban paralizadas, mientras que los comunistas y los burócratas contrarios a Calles formaron el día 6 de junio un frente único llamado Comité Nacional de Defensa Proletaria (CNDP), que en la práctica dejaba como cascarón vacío a la CROM oficialista y amenazaba con la posibilidad de la constitución de una central obrera con gran influencia comunista.
Cárdenas y su corriente no tenían opción, o se hundían en el barco en el que Calles estaba empecinado a quedarse, o rompían con él para sobrevivir. Sólo apoyándose en el movimiento de masas podían lograrlo.
Cárdenas tomó la decisión de deshacerse de todos los funcionarios callistas, cuestión que fue asumida como un triunfo en el seno del movimiento obrero.

Por supuesto, la pérdida de hegemonía del gobierno sobre el movimiento obrero significaba un triunfo histórico para las masas y un severo golpe a la burguesía, la cual no tenía de otra, mas que ver con impotencia cómo la clase obrera estaba tomando un protagonismo inusitado. El gobierno cardenista por su parte, estaba decidido a establecer un control sobre dicho movimiento y para ello se veía obligado a apoyarlo, aun a pesar de afectar los intereses inmediatos de la burguesía. Al mismo tiempo, el gobierno promovía a sus propios cuadros y simpatizantes en el seno del CNDP. En febrero de 1936, la oficialista CGOCM de Amilpa, Velázquez y compañía se disuelve para intervenir con mayor facilidad en la nueva central obrera.

Al mismo tiempo, el Partido Comunista que tenía la mayor autoridad moral del movimiento obrero, se veía bajo fuertes presiones. La internacional estalinista le había ordenado llegar a acuerdos con la burguesía mexicana. Pese a ello, sus militantes formados en la lucha contra Calles, tenían muchas dificultades en adoptar la política de sumisión que los obligaba a dejar posiciones legítimamente ganadas y estratégicas para el futuro independiente de la clase obrera; no obstante, ya desde noviembre de 1935, el Comité Central del PCM había iniciado un profundo giro en su política.

El día 26 de febrero de 1936, se funda la Confederación de Trabajadores de México, como una organización emanada de la lucha contra los patrones y los sectores más reaccionarios del gobierno, su declaración programática afirmaba:

1. La finalidad de la clase obrera sería el establecimiento del régimen socialista.
2. Se trataría a toda costa de conservar la independencia del movimiento proletario.
3. Se combatirían las teorías reformistas de la colaboración de clases.
4. El proletariado mexicano reconoce el carácter internacional del movimiento obrero y campesino y la lucha por el socialismo.
5. Su lema fue "Por una sociedad sin clases".

La mayoría de los delegados asistentes no sólo consintieron en adoptar un programa radical, también estuvieron de acuerdo en colocar a los militantes comunistas en las posiciones claves de la nueva central. De este modo, la aplastante mayoría de los delegados eligieron al comunista Miguel Ángel Velasco para la cartera de Organización, en contra del candidato oficialista Fidel Velázquez.
La histeria cundió en Vicente Lombardo Toledano y sus socios, amenazaron con romper la unidad y finalmente los comunistas obligados incluso por su propia dirección declinaron cediendo el puesto a Fidel Velázquez.

El movimiento comunista, gracias al ambiente general de radicalización de las masas, estaba en franco avance. En un informe del 25 de enero de 1937 en el VI congreso nacional se señalaba:"no somos ya los 500 conspiradores de 1930 relegados en 5 o 6 regiones del país; sino un partido político nacional, con organización en todos los estados y territorios de la república y con más de 10 mil miembros, en buena parte ligados a las masas, organizando y dirigiendo sus luchas".
Sólo en los últimos tres meses de 1936, el PCM había reclutado a 700 nuevos militantes en el Distrito Federal.

Cárdenas pese a sus discursos a favor de la independencia de los trabajadores, siempre tuvo bajo su principal prioridad el establecer un control gubernamental del movimiento campesino. Para ello combinó una política agresiva de reparto de tierras con una activismo interno para consolidar el control de Central Campesina de México y al mismo tiempo absorber a todos los grupos campesinos posibles. Por todo esto, a partir del 9 de junio de 1935, estableció en el seno del Partido Nacional Revolucionario la directiva de fusionar todas las organizaciones campesinas locales en Ligas de Comunidades Agrarias con las que 3 años después se conformaría, en el seno del Partido de la Revolución Mexicana (el nombre que Cárdenas le dio al partido oficial), la Confederación Nacional Campesina.

La desconfianza de Cárdenas con lo que pudiera suceder en la CTM, en donde la purga contra los comunistas era aún un tema pendiente, hizo que la orden estricta del nuevo gobierno a las organizaciones campesinas fuera la de no establecer vínculos orgánicos con la CTM.
Las organizaciones campesinas no tuvieron inconveniente, a pesar de que era una política de los comunistas integrar a las organizaciones de jornaleros a las centrales obreras, como sucedía en La Laguna, Veracruz, Michoacán y otras regiones. En este caso, el gobierno siempre tuvo la hegemonía y se consolidó con el reparto de casi 18 millones de hectáreas durante todo el sexenio. En la mayoría de los casos, los repartos estaban precedidos por invasiones de tierras y el gobierno se limitaba a apoyar a los movimientos campesinos y a legitimar actos consumados. La movilización campesina fue en el fondo la principal base de apoyo del cardenismo y constituía una reserva importante de frente a lo que pudiera suceder con el aún incontrolable movimiento obrero.

Las masas obreras en franca ofensiva, continuaban movilizaciones y huelgas en todo el país. La política de Cárdenas al respecto claramente se vio expresada en un discurso el 9 de febrero de 1936 en Monterrey en el cual declara:
"Sé muy bien en qué condiciones explota la ira popular. Recomiendo a los empresarios, como clase, cumplir por la propia voluntad la ley, no interviniendo más en la organización de los sindicatos y satisfaciendo las demandas de los obreros en los límites de la capacidad económica de las empresas, ya que la opresión, la tiranía industrial, la insatisfacción de las exigencias, constituyen un material flamable... que en un momento puede provocar ese descontento que tanto temen"
En realidad Cárdenas planteaba las cosas de manera muy simple; hay que ceder hoy porque esa será la única forma de evitar que las cosas estallen y salgan totalmente del control. Ya antes había señalado que los empresarios que estuvieran cansados podían entregar sus empresas al gobierno o a los trabajadores, pero ello de ninguna manera significaba una ruptura con la burguesía, todo lo contrario, era una forma de descargarle un peso demasiado grande para sus exiguas fuerzas.

Por esta razón, Cárdenas decidió dar su apoyo a los movimientos huelguísticos, entre los cuales destacó la lucha del Sindicato Mexicano de Electricistas que estalló en huelga el día 16 de julio de 1936. La reacción de las masas, ello incluye a la CTM, fue de un apoyo masivo que se tradujo en movilizaciones exigiendo la expropiación. La advertencia de Cárdenas a los empresarios se corroboró con la radicalización de las masas de frente a la intransigencia de los empresarios de la industria eléctrica. Como es común en este tipo de movimientos, la burguesía hizo frente común lanzando una frenética campaña de desprestigio, pero cada acción sólo lograba poner en evidencia ante las masas lo justo del movimiento y los negocios que los burgueses hacían con las necesidades del pueblo. Así, el 25 de julio los electricistas logran una victoria total en cuanto a sus demandas, pero en el seno de los trabajadores la idea de la expropiación pasa de ser una simple consigna a una demanda inmediata.

De forma paralela a la movilización obrera, se urdía un plan para separar a los dirigentes comunistas de la CTM, la cual como hemos señalado, lejos de resolverle los problemas al Estado, le planteaba retos, ya que cada huelga o movilización importante se convertía gracias a la CTM en una movilización de todo el pueblo trabajador, lo que ponía a la burguesía en una situación de extrema debilidad.
Por tal razón, Vicente Lombardo Toledano junto con Fidel Velázquez y sus socios, maniobraban para tratar de limitar a los cuadros más radicales e impulsar a los oficialistas. De hecho, los representantes comunistas de los comités locales electos por sus bases son rechazados por otros que, pese a haber sido derrotados, eran proclives a Lombardo y Velázquez.

No obstante, el PC ya estaba sumido en la política suicida del frente popular; éste era el nombre que se le había dado a coaliciones electorales y de gobierno, conformadas por organizaciones de masas, la mayoría comunista y socialista, cediendo su dirección a dirigentes burgueses o reformistas. En el frente popular las organizaciones obreras ponían a las masas y a los muertos--si habían enfrentamientos con los fascistas--mientras que los reformistas y burgueses ponían los parlamentarios y gobernantes, así como el programa. El frente popular, que era en sí mismo una traición a las aspiraciones revolucionarias de las masas, era posible porque la burguesía europea, en crisis e incapaz de desatar ningún movimiento de masas, aceptaba a los socialistas y comunistas bajo la garantía de que así se impedía la revolución; mientras tanto en México no había nada que llevara a los burgueses a buscar un frente popular con los comunistas.

La directiva de formar un frente popular en México llevó a los comunistas a buscarlo en el seno del PNR. Para la burguesía mexicana, los comunistas eran un problema real, y no estaban dispuestos a llegar a ningún tipo de colaboración que no fuera la desaparición del comunismo mismo. Por tal motivo el PNR cortó toda posibilidad de postular candidatos comunistas en su seno.
Cárdenas se opuso abiertamente a que más organizaciones dirigidas por comunistas se integraran a la CTM. En esta tónica, Velázquez desconoce a la Federación de Maestros. Para abril de 1937, los dirigentes comunistas en el Comité Ejecutivo de la CTM hacen público su rechazo a la purga anticomunista dirigida por Lombardo y Velázquez; la dirección del SME los apoya y se desata una feroz lucha interna.

Nuevamente la mayoría de las organizaciones integrantes de la CTM toman partido a favor de los dirigentes comunistas Velasco y Morales que abandonan el IV Consejo. En la polémica entran incluso los dirigentes del PC norteamericano Earl Browder, que en público y en privado a nombre de la Internacional Comunista, exige la total capitulación ante la dirección oficial de la CTM. Para junio logra su objetivo, en una declaración del Comité Central, el PC señala: "la unificación deja de ser una necesidad revolucionaria para convertirse en una necesidad imprescindible".

Para agosto la debacle se desata. Las organizaciones sindicales que habían actuado contra la dirección oficialista de la CTM se reintegran humilladas. Los comunistas se autoexcluyen de los puestos de dirección y se disuelve el fantasmagórico Frente Popular Mexicano. Toda la fuerza moral con la que contaban desapareció como si nunca hubiera existido. Tan sólo el SME se niega a reintegrarse a la CTM. Los resultados son catastróficos. Paulatinamente la purga se extiende a todos los mandos de la central casi con el beneplácito de los comunistas, que todo lo justifican en aras de evitar el peligro fascista--¡una verdadera locura!--. Un ejemplo de la caída se puede observar en el periódico del PCM, El Machete, el cual en 1937, antes de la capitulación, tiraba 50 mil ejemplares, para enero de 1938 se había reducido a 38 mil, para septiembre el periódico emblema de los mejores tiempos del comunismo mexicano deja de existir. A partir de entonces el PC quedó marginado para siempre de la dirección del movimiento obrero organizado, dejando todo en manos de los burócratas oficialistas aliados a Cárdenas.

La debacle del PC sobrevino como mandada del cielo para Cárdenas, ya que, aunque el movimiento obrero continuaba en pujanza, el gobierno podía tomar medidas con mayor seguridad, sabedor de que la Central Obrera más importante estaba bajo su control y que cualquier proceso de lucha podía ser limitado a escenarios políticamente manejables.

En este ambiente se decretó la expropiación de los ferrocarriles el 23 de julio de 1937, 5 días después de que estallara una imponente huelga general de 1 hora en apoyo a los ferrocarrileros, que ya desde 1933 habían formado un sindicato nacional y tendían una notable y valerosa organización. Cárdenas cedió la administración de la empresa expropiada a los trabajadores, pero más que una concesión era una maniobra; la empresa estaba en bancarrota y difícilmente podría por sí misma sobrevivir. Al final, éste fue el pretexto para formar de los Ferrocarriles Nacionales una empresa descentralizada y para contener momentáneamente las luchas sindicales en Ferrocarriles, que no se podían hacer contra sus propios representantes.

También el conflicto en el terreno petrolero pudo ser asumido por parte de Cárdenas con cierta tranquilidad. Desde el 20 de julio de 1936, los petroleros contaban con un Sindicato Nacional; éste, a diferencia de otros movimientos como el electricista, no tenía antecedentes históricos de lucha independiente y estaba, en cierta forma, creado bajo los auspicios del gobierno.

El movimiento era muy radical en cuanto a sus demandas económicas, pero políticamente estaba bajo la influencia del cardenismo, de tal modo que constituía en el fondo un conflicto entre el gobierno y las empresas extranjeras. Una industria petrolera bajo el control del Estado era clave en el marco de las crecientes necesidades energéticas de desarrollo de la industria y de la burguesía nacional.

La primera huelga importante de los trabajadores petroleros estalló el 28 de mayo de 1937. Para el 9 de junio, bajo la asesoría de Lombardo Toledano, se acuerda levantar la huelga. El sindicato acepta la colaboración del gobierno para entablar una especie de debate público con las empresas al respecto de la justeza o no de las demandas.

Se forma una comisión gubernamental presidida por los principales secretarios del área económica de Cárdenas, que concluye que la industria petrolera obtiene enormes ganancias; de hecho los beneficios anuales de los últimos tres años representaban casi el 600% de la inversión. De esta forma, bajo los auspicios del gobierno, se vuelve a demandar a la empresa y consecuentemente la junta federal de conciliación y arbitraje resuelve a favor del sindicato.

En realidad la idea del gobierno cardenista era de establecer un control sobre la producción de las empresas extranjeras, pero éstas, conscientes de los enormes beneficios que implicaba esa industria, sobre todo de cara al advenimiento de la segunda guerra mundial, no estaban dispuestas a ceder y, de hecho, públicamente despreciaron los ofrecimientos del gobierno para llegar a un acuerdo. De no haber procedido a la expropiación, el gobierno cardenista hubiera quedado muerto políticamente; los trabajadores hubieran tomado la claudicación como una traición y todo el trabajo de consolidación del Estado durante el sexenio se habría venido abajo. Tal como pensaba Cárdenas, las masas no se levantan si no tienen pretexto y él no se los iba a dar. De tal modo que, el 18 de marzo de 1938, procedió a la expropiación de toda la industria petrolera.

Ése fue el momento cumbre de la política cardenista. La ardua tarea de asimilar al movimiento de masas a organizaciones vinculadas con el Estado, aún a costa de realizar ciertos sacrificios, había sido realizada y tuvo su punto de realización práctica el día 30 de marzo, tan sólo una semana y media después de la expropiación, con la conformación del Partido de la Revolución Mexicana (PRM), el cual se integró por cuatro sectores además del aparato del anterior PNR: el sector campesino conformado por lo que después sería la CNC, el sector obrero conformado por la CTM, el sector popular y el sector militar. Los comunistas, que luego de las claudicaciones anteriores ya no tenían el menor asomo de dignidad pidieron: "que se nos señale el sitio y las condiciones en que dentro del gran Partido de la Revolución Mexicana podemos cumplir con nuestro deber".

La función del cardenismo, desde el punto de vista político, fue asimilar organizativamente al Estado, por medio de un partido, al conjunto del movimiento de masas organizado, no con el fin de transformar al sistema sino de preservarlo.

Sin duda, algunos podrán considerar que durante su régimen se asestaron severos golpes a los capitalistas y que ello pudo dar la posibilidad de considerar al gobierno cardenista como susceptible de haberse transformado en un sentido socialista, tal como lo sugerían los documentos fundacionales del PRM e incluso el propio PCM. En realidad, debemos decir que el punto clave para considerar que un gobierno, aún en el marco de un sistema capitalista, actúa a favor de una transformación social, éste debe debilitar las bases del sistema. Por el contrario, lo que hizo el cardenismo fue consolidarlas. Incluso el papel de la industria nacionalizada, en los marcos del capitalismo, sólo es útil para suministrar materia prima y recursos energéticos baratos que de otra forma estrangularían a la naciente burguesía nacional.
Lo que se conoce como populismo y que en términos generales se podría conceptualizar como la política impulsada por una serie de gobiernos en América Latina, consistente en la participación directa del Estado en sectores estratégicos de la economía para apuntalarla, en la medida en que la burguesía como tal es incapaz de jugar este papel y que existe un fuerte movimiento social que impide directamente al capital transnacional incidir en estos sectores, es a la vez una fase del desarrollo del capitalismo latinoamericano y una respuesta parcial a movilizaciones populares limitadas a demandas económicas ante la ausencia de direcciones políticas de clase.
Los tiempos han cambiado, el populismo, como política de carácter económico, no es factible porque su rol histórico se ha cubierto y no es más necesario. Por otro lado, la burguesía no tiende en estos momentos a tratar de asimilar organizaciones de masas sino a disolverlas, es decir, políticamente tampoco es útil para la burguesía, la cual incluso en sus estratos más nacionalistas es profundamente dependiente del capital internacional. Además, si bien las masas siguen dando luchas y en ocasiones, ante la ausencia de dirigentes de clase, pueden aceptar la dirección de uno u otro caudillo pequeñoburgués, no hay las bases materiales para que éste consolide una base de apoyo similar a las de las épocas del populismo. Por el contrario, el movimiento de masas es más crítico y más proclive a la movilización por sus objetivos, que a ser fiel a tal o cual figura.

El postcardenismo, la revancha de la burguesía (1940-1952)

Durante el periodo inmediato posterior al gobierno de Cárdenas, México vivió un proceso de reacción, esto es, una serie de políticas las cuales tendieron a contrarrestar aquellas que se gestaron durante la etapa cardenista y ante las cuales el sector empresarial había reaccionado indignado.

Durante el gobierno de Ávila Camacho el único elemento progresista que pudiera destacarse fue la creación del Seguro Social, no obstante este proyecto podría decirse que era heredado del gobierno anterior. Una estimación sobre la orientación del gasto público en este periodo indica que entre el 50 y 60 por ciento de la inversión pública se destinó a favorecer o de plano a financiar a la iniciativa privada.

Producto de la labor de Cárdenas al establecer un dominio gubernamental de la CTM, dicho sindicato empieza a actuar realmente como un enemigo de todo tipo de lucha independiente de los trabajadores, esto por supuesto, con el apoyo y beneplácito del Partido Comunista que seguía sumido en la suicida política de apoyo al gobierno aún a costa de su propia destrucción como partido. Uno tras otro, antiguos militantes fueron expulsados o se retiraron decepcionados, generando en la práctica la liquidación del partido como organización de clase efectiva.

En 1941, Vicente Lombardo Toledano cede su puesto de secretario general de la CTM a Fidel Velázquez, el cual por supuesto, mantuvo la férrea política de represión en contra de movimientos con carácter de clase, ante lo cual sólo Valentín Campa y algunos expulsados del Partido Comunista habían logrado reorganizarse y construir fuerzas lo suficientemente importantes como para disputar la dirección de los trabajadores ferrocarrileros, electricistas, tranviarios, petroleros, entre otros. No obstante la situación en su conjunto no era favorable para una disputa por la dirección de la CTM, los expulsados del PCM pese a ser francamente de izquierda y con ánimo revolucionario, eran en la práctica también estalinistas y por tanto, imposibilitados de construir una política alternativa al Partido Comunista oficial. No obstante era imposible no sólo para un comunista sino para cualquier militante de izquierda permanecer dentro del PCM, el cual apoyó como candidato a la presidencia en 1946 a Miguel Alemán Valdés.

El desarrollo de la segunda guerra mundial significó un margen importante para el incremento de exportaciones y en general una fase de expansión del mercado interno lo que dio al Estado un buen margen de maniobra para sofocar las luchas que pudieran surgir. En este marco el Gobierno de Ávila Camacho estableció modificaciones a la Ley Federal del Trabajo en el sentido de dificultar aún más el derecho de huelga.

La llegada a la presidencia de Miguel Alemán Valdés (el cachorro de la revolución) significó la entrada en escena, tocando el primer violín, de la burocracia civil que se había estado gestando al mismo tiempo que se iba consolidando el Estado mexicano, Alemán representaba a aquellos burócratas que si bien tenían orígenes en algún sector del movimiento revolucionario, habían amasado importantes fortunas bajo el amparo de su posición en la burocracia del Estado. Alemán era el símbolo de la burguesía gestada bajo el cuidado del gobierno de Obregón, Calles y Cárdenas, significaba básicamente que el proceso desatado en 1910 había terminado y que ahora esta nueva casta no podría ya aparecer más ni como revolucionaria y mucho menos como progresista, para los cincuentas era ya imposible pensar que el gobierno se mostrara a favor de las huelgas o las tomas de tierras, el "cachorro de la revolución" desató una feroz ofensiva contra todo movimiento popular. En este marco, se desató en 1947 un nuevo conflicto dentro de la CTM; Fidel Velázquez terminaba su periodo y como aún no tenía la confianza y la fuerza para reelegirse directamente, optó por ceder su puesto a su amigo Fernando Amilpa. Esto no sin la oposición encabezada por los líderes ferrocarrileros Valentín Campa y Luis Gómez Z. El movimiento, al no contar una orientación política adecuada, terminó con romper con la CTM (cosa que a Velázquez y compañía les ahorraba el trabajo de expulsarlos) para formar la Central Única de Trabajadores que agrupó a casi 200 mil miembros, todos encabezados por el poderosos sindicato ferrocarrilero.

Por supuesto las cosas no se podían quedar así, tanto la CTM como el gobierno tomaron medidas para destruir al rijoso sindicato ferrocarrilero. En 1948 fue electo Jesús Díaz de León como Secretario General del Sindicato de Ferrocarrileros, pese al discurso aparentemente izquierdista, en realidad Díaz de León mejor conocido como "el charro", era un agente del gobierno. A la primera oportunidad, lanzó en contra de Gómez Z. acusaciones por desfalco que inmediatamente encontraron eco en el gobierno de Miguel Alemán, el cual con dicho pretexto, emprendió una ofensiva en contra de los ferrocarrileros deteniendo a Gómez Z. y de paso también a Valentín Campa, el cual desde entonces acumularía casi 15 años en prisión. La cosa no paro ahí, 12 mil trabajadores fueron despedidos y se desató una brutal represión, encabezada por pistoleros, que costó la vida a muchos obreros. Con esto la CUT simplemente dejó de existir y sus restos se agruparon en una Unión General de Obreros y Campesinos de México, que nunca tuvo un papel preponderante.

A pesar de todo esto, el desarrollo industrial mantuvo un proceso de acelerado crecimiento, decenas de miles de campesinos emigraban a las ciudades generando elementos incipientes de lo que después se dio a conocer como Movimiento Urbano Popular, La industria se diversificó y podríamos decir que vivió un periodo de relativa prosperidad que fue acompañada con una creciente demanda de bienes de capital, los cuales fueron cubiertos con importaciones fundamentalmente norteamericanas.

Al mismo tiempo, las filiales estadounidenses se las arreglaron para mantener negocios en prácticamente todos los sectores en crecimiento y establecer sus condiciones en otros sectores, como en el comercio y los servicios financieros, Específicamente en agosto de 1948 se incrementó la deuda externa en 225 millones de dólares y se procedió a una devaluación, llegando el tipo de cambio a 8.5 pesos por dólar.

En ese momento más que nunca, quedó claro el significado de la derrota estratégica sufrida por el movimiento obrero en la fase cardenista, dado que ante la inexistencia de una dirección de clase, las organizaciones sindicales se fueron consolidando como baluartes de la estabilidad del régimen.

De forma paralela, hacer negocios con el gobierno se consolido como una vía rápida para amasar inmensas fortunas, se decía que los dueños del país eran un grupo de no más de 40 empresarios privados, entre ellos Bernardo Quintana, Carlos Hank González, Rómulo O´Farril, Gastón Azcárraga, Gabriel Alarcón y por supuesto, el futuro grupo Monterrey.

Pese a todo, el proceso de industrialización seguía en marcha y ello fortalecía numéricamente al proletariado, el cual paulatinamente comenzaba a desplazar al campesinado como el sector clave de la formación social mexicana. En este marco, la siguiente fase de expansión del capitalismo mexicano y el fortalecimiento de su burguesía no se puede explicar sino es a partir de la estructura corporativa, que por medio del PRI se extendía al la mayoría aplastante del movimiento obrero organizado y a la casi totalidad del movimiento campesino.

El "Desarrollo Estabilizador". Fortaleza y ocaso del corporativismo mexicano

En el capitalismo mexicano ocupa un lugar especial la fase conocida como el desarrollo estabilizador. Los teóricos e historiadores nacionalistas la presentan como una fase dorada del capitalismo mexicano, muchos añoran el regreso de aquellos viejos y buenos tiempos. Incluso muchos voluntariosamente situados en la izquierda, contemplan que una perspectiva como la de esos tiempos es la alternativa al capitalismo salvaje, por ello es preciso que los marxistas demos nuestro punto de vista sobre aquel proceso y resolvamos la pregunta: ¿Es factible una nueva fase de desarrollo semejante en el futuro? De la respuesta a ello se derivan posicionamientos en la coyuntura actual y futura y por ello nos abocaremos a dar una respuesta a dichas interrogantes.

Es cierto que los elementos de crecimiento económico durante aquel periodo son innegables; ante la creciente demanda de bienes y servicios, producto de la masiva emigración de la ciudad al campo, el gobierno implementó una política de estímulo a la industrialización por la vía del establecimiento de barreras proteccionistas, por supuesto. La mayor parte de las obras de infraestructura e inversión energética necesaria para este proceso no partió de esta época, sino que fue una continuación de la fase cardenista, así que no fue necesaria una expansión del gasto público ni un endeudamiento significativo, al menos en sus primeros años, para financiar el crecimiento. De hecho el control de la inflación se estableció por medio de lo que llamaríamos en estos tiempos disciplina fiscal, se estableció un estricto control de cambios, una severa restricción en la circulación monetaria.

La economía creció en promedio un 6.2% y un 3% per cápita, no obstante, en la medida en que no había un sustento en la generación de bienes de capital de origen nacional, se incrementó la importación masiva de dichos bienes. A la larga, la única manera de cubrir la necesidad de divisas que satisficiera la demanda de importaciones fue el endeudamiento externo, el 38% de la inversión privada eran productos importados. De este modo, el famoso proteccionismo a los bienes de consumo no generaba ninguna base de sustento para una economía fuerte, de hecho la dependencia externa se acentuaba por la vía de la importación de tecnología y del incremento paulatino de la deuda externa

Desde 1958, el papel de la agricultura comenzó a descender, pese a ello aún un superávit en la balanza comercial agropecuaria ayudó a financiar el déficit del conjunto del comercio exterior.

A principios de los sesentas, devino una caída del precio internacional de los productos agropecuarios, particularmente los Estados Unidos, ante una serie de dificultades económicas, establecieron una serie de barreras proteccionistas para una amplia variedad de materias primas.

Mientras que las exportaciones tuvieron un aumento del 15%, a mediados de los cincuentas a un 8%; 10 años después las importaciones mantuvieron un crecimiento del 13,6% en 1957, hasta decaer a finales de los cincuentas y mantenerse así durante la primera mitad de los sesentas.

Los intentos por frenar la brecha entre altas importaciones y bajas exportaciones por la vía de la sustitución de importaciones, con sólo la imposición de barreras proteccionistas fue un fracaso, el cual sólo se reflejó a la larga. Nunca se estimuló ni se invirtió en la generación de tecnología propia o en el desarrollo de una infraestructura de producción de bienes de capital o intermedios, así mientras que se elevaba la demanda y crecían las necesidades de la economía, las premisas para ese desarrollo quedaban cada vez más sujetas al exterior.

En los límites del capitalismo no queda otra mas que seguir sus reglas, dado que una política como la que hemos delineado como alternativa hubiese requerido de la intervención masiva de la clase obrera, la burguesía en el poder no tuvo de otra que abstenerse de emprender dicha vía. Por otro lado, el implementar una autentica sustitución de importaciones de bienes de capital hubiese significado una ruptura con el capitalismo, especialmente norteamericano, cada vez más voraz y exigente. La burguesía mexicana hubiese necesitado no ser burguesía para tomar ese camino. (La inversión extranjera en México, José Luís Ceceña, México 1955 pp9-20)

Para financiar las necesidades de crecimiento había la alternativa de romper las barreras proteccionistas y dejar que de una vez por todas, los capitalistas extranjeros de hicieran del mercado interno, no indirectamente por la vía del comercio exterior sino por la vía del control del mercado interno, no obstante en esos momentos aún era políticamente imposible emprender ese camino. Aún estaba fresco el movimiento cardenista y pese a que la burocracia priísta era corrupta y cínica, sabía que parte de su prestigio se derivaba de un supuesto antiimperialismo en el terreno económico y que emprender en esos momentos esa vía era como un suicidio.

Finalmente esto creó un dilema. La burguesía nacional en el poder, no supo más que nadar de a muertito, es decir, dejar que las cosas pasaran, especialmente en el marco de crecientes contradicciones en el seno del la sociedad. Las masas trabajadoras empezaban a exigir la parte del pastel del crecimiento que les correspondía, precisamente en el momento en que empezaban a estallar las limitaciones del mal llamado "crecimiento estabilizador", que en los marcos del capitalismo más debió de ser llamado crecimiento desestabilizador.

Nuevos sectores de trabajadores fueron surgiendo y se unieron a los sectores tradicionales, en este contexto los trabajadores ferrocarrileros siguieron luchando, en una situación en la cual, si bien ya no tenían el control del la dirección del sindicato, aún tenían un importante poder por la vía de la corriente democrática que dirigían Demetrio Vallejo y el tradicional Valentín Campa, ambos disidentes comunistas que habían formado su propio partido, el Obrero y Campesino. Vallejo y sus compañeros encabezaron al final del sexenio de Ruiz Cortines una movilización que puso en jaque tanto al gobierno como a la dirección charra del sindicato.

Otro sector que emergía a la lucha era el de los profesores, que bajo la dirección de Otón Salazar, cuyo poderoso Movimiento Revolucionario del Magisterio, logró en 1958 una importante victoria con la toma del edificio de la Secretaría de Educación Publica, lo que obligó al gobierno a ceder.

La coyuntura electoral, de la cual emergió Adolfo López Mateos como presidente en 1958, significó un leve respiró para los movimientos en lucha, no obstante cuando el candidato del PRI fue electo, se dio rienda suelta a la represión, el 8 de septiembre la policía reprimió salvajemente una movilización magisterial y Otón Salazar, junto con otros camaradas, fue detenido.

En cuanto a los ferrocarrileros, la represión en su contra fue más dura, Demetrio Vallejo era muy hábil en todo tipo de maniobras y trucos legales para mantener e incluso hacer crecer su corriente democrática, al grado de llegar a disputar y ganar en repetidas ocasiones todo tipo de contiendas por la dirección del Sindicato, hasta la del mismo 1958, desde la cual restituyó en sus derechos a Valentín Campa.

A partir del inicio del sexenio de López Mateos, si bien se toleró la dirección de izquierda en el sindicato ferrocarrilero, se desató en cambio toda una campaña de ataques y difamaciones en contra de Vallejo y sus compañeros, la prensa no se cansaba de denunciar complots comunistas, los organismos empresariales hacían uno tras otro llamado a poner en orden a Vallejo, de tal modo que en la revisión contractual de 1959, cuando el sindicato decidió mantener la huelga, el gobierno detuvo a Vallejo y efectuó un despido en masa de aquellos trabajadores que no acataran el regreso al trabajo. El ejército organizó detenciones en masa de trabajadores y finalmente controlaron la situación.

El movimiento estudiantil, que siempre fue muy belicoso, empezó a cobrar características masivas, no fueron suficientes las maniobras para establecer el control gubernamental de la Federación Estudiantil del IPN o el establecimiento de grupos de corte fascista como el MURO en la UNAM, paulatinamente el movimiento estudiantil cobraba fuerza y se tornaba complicado establecer un control como el que se había logrado establecer sobre los trabajadores.

No obstante, sin duda el puntal de la estabilidad del régimen durante aquel periodo fue el movimiento campesino, el cual durante los cincuentas se vio beneficiado por una relativa situación ventajosa en el terreno exterior y logró acumular reservas suficientes para resistir, sin importantes fracturas, los años sesentas.

Es cierto que en la segunda mitad del los sesentas surge un movimiento guerrillero, el cual tenía serias raíces en regiones tradicionalmente oprimidas y sujetas a relaciones semifeudales, sucedía en Guerrero, Morelos y otras regiones del sur del país.

El movimiento guerrillero campesino es resultado de la incapacidad del régimen para ofrecer alternativas, ni en el terreno del desarrollo económico, las cuales conforme pasaban los años se iban restringiendo, ni en el terreno político.

En lo que se refiere a los estratos medios, estos iban creciendo en función de la diversificación y desarrollo del capitalismo mexicano, los conglomerados urbanos que exigían educación, servicios y sobre todo, espacios políticos, se veían obstaculizados por un régimen casi de partido único que sólo tenía espacios para la llamada "familia revolucionaria", es decir, la burocracia priísta.

Para 1969, el 20% más pobre poseía el 4% del ingreso nacional, mientras que el 20% más rico tenía el 64%, para ese entonces la caída de los precios de las materias primas y el incremento de la inestabilidad en el entorno internacional propició que la dependencia de la economía a los prestamos del exterior pasara de ser un estímulo para la economía a ser un lastre; a finales de los sesentas, el servicio de la deuda representaba el 24% del PIB.

A principios de los sesentas los desequilibrios del crecimiento se habían convertido en problemas estructurales. Al plantear lo anterior, pudiera surgir la idea de que estableciendo las medidas necesarias cuando los problemas del crecimiento no eran tan grandes, se hubiera podido evitar la crisis que se precipitó a principios de los setentas y que puso fin al llamado desarrollo estabilizador, en realidad esto no era posible, en gran medida los criterios de crecimiento del capitalismo mexicano durante dicho periodo respondían a necesidades de expansión del capital norteamericano, la fase proteccionista también representaba beneficios para las necesidades del capital norteamericano. Los cambios, en el sentido de destruir el esquema de acumulación capitalista, sólo se dieron cuando el capital internacional así lo exigió y en ese momento, a finales de los setentas, la prioridad no era generar palancas para un nuevo desarrollo, sino posibilitar que cada país, en particular México, fuera capaz de cubrir el servicio de la deuda externa.

Las masas de trabajadores y jóvenes que emergieron del "desarrollo estabilizador" exigieron un lugar en el marco del sistema, pero al parecer, el sistema que crecía y entraba en crisis durante los sesentas no estaba interesado ni en las necesidades ni en las demandas de los nuevos sectores de trabajadores y jóvenes. Los viejos problemas del capitalismo mexicano con respecto al movimiento de masas se habían resuelto construyendo un sistema corporativo semifascista, intentando comprar a los nuevos dirigentes y reprimiendo a aquellos que no se sometían, no obstante, dicho esquema empezó a agrietarse como las presas viejas, hizo agua por un lado y luego por el otro hasta que amenazaba estallar.

Mientras que los médicos y los profesores eran nuevamente reprimidos a mediados de los sesentas, Rafael Galván líder de los electricistas llegaba al máximo reconocimiento oficial cuando era nombrado líder del sector obrero del PRI, nadie se imaginaba que 10 años después, el gobierno "descubría" que era un burócrata, corrupto y un problema social, precisamente cuando se estaba convirtiendo de agente del gobierno en los sindicatos a representante de los trabajadores. Estas contradicciones que estallaron en los setentas se gestaron en la fase del desarrollo estabilizador.

El movimiento estudiantil de 1968 marcó por fin la ruptura definitiva del sistema corporativo oficial como instrumento eficiente de control social, con dicho movimiento se inició una nueva época en la lucha de clases que culminó en el movimiento contra el fraude electoral de 1988.

70´s la tendencia democrática

"La influencia del imperialismo se ha incrementado y las empresas estatales han acabado por estar al servicio del imperialismo; más allá de la presencia de intereses privados, debido a la corrupción que podía preverse. Con todo esto, nuestro proyecto quedó en el aire. El problema radica en ¿Cómo romper la dominación?"

Rafael Galván

El vertiginoso desarrollo del capitalismo mexicano se había fincado sobre la base de un estímulo al mercado interno, especialmente orientado en la producción de bienes de consumo, para financiar dicho crecimiento se emplearon las ventajas que tenían los precios de materias primas a mediados de los 50's, pero la mayor parte de los beneficios se emplearon a su vez en la importación de bienes de capital, es decir, nunca se creó una base sólida para un desarrollo económico equilibrado de la planta productiva. Cuando en el marco de los sesentas los precios de las materias primas cayeron en los mercado internacionales, los requerimientos para la reproducción industrial no pudieron ser cubiertos, lo que generó un desequilibrio que el gobierno compensó por medio de préstamos cada vez más fuertes. La deuda externa pasó a ser deuda eterna.

En este contexto estalló el movimiento estudiantil del 68, era la época de un crecimiento que ya no se podía sostener más, a no ser que el gobierno optara por enfrentarse al imperialismo, como lo había hecho Cuba unos años antes. Evidentemente que lejos de eso, el gobierno optó por el endeudamiento para sostener las tasas de crecimiento de los sesentas. No era sólo una razón caprichosa, el movimiento estudiantil de 1968 había sido derrotado, pero la juventud mostraba un peligro potencial y el movimiento obrero, luego de una fase de rejuvenecimiento, empezaba a mostrar signos de contagio.

Ya el 60% de la población vivía en las ciudades para 1970 y un estallido obrero podría ser clave para revertir la política represiva que adoptaba el régimen. A la par, el movimiento juvenil seriamente afectado por la derrota del 68, se orientó hacia la construcción de nuevas organizaciones y una parte, tal vez la más desesperada, a la guerrilla. "Arriba y adelante" que era la consigna de la campaña de Echeverría se completó por "arriba y adelante, muera el futuro gobernante". La respuesta no pudo ser más brutal, el 10 de junio, en la primera movilización estudiantil masiva luego del movimiento del 68, decenas de jóvenes fueron asesinados por el grupo paramilitar "halcones", el cual era un engendro del gobierno para cumplir la función del ejército, sin que el Estado se viera directamente involucrado.

En este marco complejo comenzaron a generalizarse movimientos de carácter económico en distintas industrias, las cuales fueron asumiendo una posición políticamente cada vez más a la izquierda. Fue la época en la que, en el marco de una serie de movilizaciones, apareció el sindicalismo universitario. Al mismo tiempo se desataba en el seno del movimiento obrero oficial un conflicto que llegó a poner al régimen contra la pared, tal y como los ferrocarrileros hicieron en sus luchas de finales de los setentas, se trata de la tendencia democrática de Rafael Galván.

Galván era el dirigente obrero oficialista favorito del gobierno de López Mateos, cuando este último se decidió a nacionalizar la industria eléctrica en 1962, sólo había dos figuras en la dirección de los sindicatos de la Comisión Federal de Electricidad y de las empresas que se tuvieron que integrar a ella cuando se estableció la nacionalización, una de ellas era el citado Galván y la otra era el famoso Francisco Pérez Ríos.

Galván estaba al frente del Sindicato de Trabajadores Electricistas de la Republica Mexicana y Pérez Ríos del Nacional de Electricistas, Similares y Conexos de la República Mexicana. La diferencia era que pese a su priísmo, Galván tenía tras de sí un sindicato con tradiciones democráticas y muy combativo en lo que hace a las luchas económicas, es decir, un tanto similar al SME actual. Por otro lado, Pérez Ríos era un gángster de las empresas que no dudaba en emplear grupos armados para eliminar contrincantes. Así pues, las bases del sindicato de Galván querían la unificación de los electricistas de la CFE, pero sobre las bases de sus tradiciones, por otro lado Pérez Ríos y su chofer Rodríguez Alcaine no se hubieran podido mantener un día al frente de una base trabajadora tan combativa.

La discusión sobre la unificación comenzó a finales del gobierno de Díaz Ordaz y durante los primeros años del gobierno de Echeverría, éste maniobró para que la CTM y Pérez Ríos lograran el reconocimiento oficial al margen del sindicato de Galván. Los electricistas democráticos se dedicaron en cuerpo y alma a realizar una campaña para convencer a la base trabajadora de que el STERM galvanista era la mejor opción. El apoyo fue abrumador y el gobierno no tuvo más opción que el fusionar a las dos organizaciones y preparar un golpe en condiciones más favorables, es decir, negocia no para resolver sino para preparar la represión.

Durante la lucha los electricistas se radicalizan, van elaborando no sólo un concepto propio de sindicalismo, sino del papel protagónico del obrero dentro de la dirección del país, en suma, forman un híbrido de ideas progresistas que más bien suena utópico en estos momentos, pero que en aquel entonces era una muestra de avances.

En 1972 se crea el SUTERM con Pérez Ríos a la cabeza y con Galván como Secretario Nacional de Vigilancia y Fiscalización, la batalla estaba en pleno desarrollo. Desde su posición, Galván profundizaba el desarrollo de propuestas para convertir al movimiento obrero en un constructor de las políticas sociales en base a la democracia sindical y la creación de instancias de codirección del país con el gobierno, evidentemente esto era imposible en los marcos del capitalismo y demasiado como para que el Estado lo aceptara.

Pérez Ríos, era un charro consumado, pero ante el avance de Galván y su propia enfermedad, decide dejarlo hacer, todo ello ante la impaciencia de Echeverría, el cual era muy bueno para protestar contra la dictadura de Pinochet y al mismo tiempo aplicar los mismos métodos en contra de jóvenes y trabajadores. Finalmente Pérez Ríos en 1974 muere y su lugar es ocupado por Rodríguez Alcaine. Este último, temeroso de que la herencia se le fuera de las manos, optó por dar un golpe junto con el gobierno, aplicándole la cláusula de exclusión a Galván en 1975, en un Congreso extraordinario secreto. La verdad es que los procedimientos para destituir a Gómez Urrutia del sindicato minero son muestra de que el PRI y el PAN se comportan igual. Ellos no quieren representantes de los obreros, sino empleados suyos al frente de los sindicatos.

Galván tenía una clara mayoría en todas las secciones, las cuales fueron desconocidas, tanto por el sindicato controlado por "la güera", como por la Secretaría del Trabajo, esto provocó una ola de despidos, amenazas y golpes.

Galván funda entonces la Tendencia Democrática de Electricistas y llama al estallido de una huelga para el 16 de julio de ese año. La campaña en radio, prensa y televisión se hace intensa, satanizando el movimiento y pidiendo mano dura, nada distinto a lo que ahora ven nuestros ojos. A pesar de la ruda campaña, era evidente que los electricistas lograrían un triunfo abrumador, por tanto el gobierno ordenó la ocupación militar de todas y permitió que los gánsters de la CTM hicieran de las suyas en contra de los trabajadores.

Galván, temeroso de que sucediera los mismo que con Vallejo años atrás, decidió dar marcha atrás. con lo que se facilitó el despido de los galvanistas más conocidos y el movimiento democrático recibió un golpe contundente.

Aún así, Galván creó el Movimiento Sindical Revolucionario en 1978 para dar continuidad a la lucha y mantener agrupados a sus compañeros, no obstante su muerte pocos años después, fue diluyendo su organización. Sin embargo, dentro del SUTERM las corrientes democráticas se fortalecen y más temprano que tarde, recuperarán el sindicato de las garras de los gánsters de la CTM.

Galván a lo largo de los años, se distinguió por ser un militante obrero honesto, un hombre que acompañó a los trabajadores en sus luchas y sus derrotas, su error consistió en considerar la posibilidad de acuerdos estratégicos con la burguesía y su gobierno, combinándolo con democracia sindical que estableciera un contrapeso. Era en ese sentido, una especie de cardenista tardío, no obstante poco antes de su muerte, haciéndose una autocrítica, planteaba una orientación que aún es correcta y que debe llenar de inspiración a los militantes obreros actuales:

"Nosotros no sólo planteamos la democracia, sino que el proletariado se convierta en la dirección política del país y que se formule un proyecto nacional. (...) Se trata de encontrar un organismo de coordinación de la insurgencia, porque ya se tiene muy claro que ningún gremio en particular puede desarrollarse más allá de un límite, sin enfrentarse al Estado. En vez de hacerlo como gremio (que no se ha podido), los haremos como clase obrera.(Las citas de Galván están tomadas del trabajo: "Clase, dirección y programa". de Max Ortega)

1988, el año en que la burguesía vivió en peligro

Cuando el viento anuncia una tormenta son las copas de los árboles las primeras en mostrarlo. Algo así sucedía durante la segunda mitad de la década de los ochentas.

1982 significó la llegada de una nueva generación de políticos priístas, caracterizada más por sus vínculos con los organismos financieros internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el banco Mundial y por sus estudios en universidades privadas norteamericanas como Harvad y Yale.

En alguna ocasión los estrategas del Departamento de Estado norteamericano señalaban que más que intervenir directamente, los Estados Unidos tendrían que educar a las nuevas generaciones de políticos latinoamericanos para, de ese modo, asegurar los intereses imperiales. Para aquel entonces, políticos como Carlos Salinas de Gortari, Pedro Aspe Armella, Francisco Gil, Guillermo Ortiz, Jaime Serra Puche, Ernesto Zedillo, entre otros asumían poco a poco el control de las Secretaria de Hacienda, estableciendo una severa política de ajuste, caracterizada por el congelamiento de los salarios, en 1986 mientras que la inflación se disparaba, se acordaba por medio del famoso Pacto de Solidaridad económica un 0% de aumento a los salarios.

El golpe fue brutal, la población observó cómo en unos cuantos años todo el futuro se venía abajo. Incluso el movimiento sindical que a principios del sexenio de De la Madrid había logrado lanzar con éxito el paro cívico nacional, se veía paralizado por la severa crisis que los políticos, llamados tecnócratas, nos imponían con el fin de asegurar el pago de la deuda externa.

López Portillo había establecido la nacionalización de la banca, pero De la Madrid se apresuró primero a asegurar el pago a los banqueros muy por encima de lo que realmente valían sus bancos, por otro lado les abrió el negocio de las privatizaciones y dio rienda suelta al negocio de la especulación; pronto aparecieron casas de bolsa por todos lados y los exbanqueros se convirtieron en especuladores bursátiles, quienes invitaban a la población a entregarles sus ahorros, prometiendo dividendos estratosféricos. Por supuesto, todo fue un timo, en 1987 un colapso de la bolsa de valores provocó la bancarrota de decenas de miles de pequeños inversionistas, la pequeña burguesía sufrió un golpe que minó su confianza en el gobierno.

Las masas trabajadoras enfrentadas al shock de la crisis, tuvieron también que afrontar, especialmente en la Ciudad de México, el desastre del terremoto del 5 de septiembre de 1985. Tal vez dicho acontecimiento significó un punto de ruptura, el gobierno desapareció por algunos días y fue la organización espontánea de las masas lo que sustituyó la incapacidad gubernamental para enfrentar la catástrofe. De ahí surgió un poderoso movimiento urbano independiente del PRI, que protagonizó, con muchos otros sectores, los siguientes 10 años.

Ni siquiera el mundial de 1986 evitó que la rabia contenida por la población se expresara en la inauguración de dicho evento, con el abucheo más grande de la historia de este país hacia un presidente, algunos podrán suponer que eso no pasa de ser una anécdota, pero este acontecimiento fue un síntoma palpable de que las masas empezaban a buscar vías de expresión a su malestar. El PRI ya no servía y sus mecanismos de control hacían agua por todos lados.

Fueron los estudiantes, que habían roto con el control priísta desde 1968, los que señalaron que algo grande estaba por venir. Entre 1986 y 1987, la UNAM y el IPN se lanzaron a importantes luchas en defensa de la educación pública, ante las cuales el gobierno dio concesiones parciales.

Dentro del PRI, esta incapacidad para absorber y reprimir se expresó en el surgimiento de una crisis. Desde 1986, Cuahutemoc Cárdenas, gobernador de Michoacán y Porfirio Muñoz Ledo, viejo funcionario del expresidente Echeverría y embajador de México ante la ONU, encabezaron lo que se conoció como la Corriente Democrática. En un principio el grupo pretendía presentarse para la siguiente selección de candidato a la presidencia, para lo cual empezaron a organizar una serie de movilizaciones, con el fin de encauzar a las bases priístas a su causa.

Lo que realmente sucedió fue que aquellos sectores que desde dentro del PRI empezaban a cuestionar la política del presidente, y por tanto la del mismo partido, se cohesionaron en torno a las figuras principales, rompiendo con la disciplina interna del PRI.

Por supuesto, en la medida de que dichas figuras eran ampliamente conocidas en todo el país, empezaron a ser vistas como una alternativa a la política oficial del gobierno y su partido.

Para 1987, en un proceso totalmente dominado por el Presidente De la Madrid fue seleccionado como candidato a la republica Carlos Salinas de Gortari, el cual era de hecho, el principal responsable de la conducción económica del país y dirigía, junto con Manuel Camacho Solís, un "grupo compacto" dentro del mismo gobierno, que actuaba por su cuenta.

La corriente democrática, totalmente bloqueada para intervenir en el proceso de selección, lanzó la candidatura de Cárdenas primero bajo las siglas del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana y luego también bajo las del Partido Popular Socialista y el Partido Socialista de los Trabajadores, que incluso cambió su nombre al de Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional.

La mayor parte de estos partidos eran paraestatales, algunos les llamaban oposición leal, otros partidos satélites, el caso fue que la aparición de un candidato con arrastre era para ellos garantía de mejores resultados en las siguientes elecciones y de manera oportunista, se sumaron a la candidatura de Cárdenas.

Mientras esto sucedía, la izquierda emanada de la tradición del Partido Comunista, en sus múltiples escisiones y fusiones había postulado a Heberto Castillo como su candidato a la presidencia, no obstante en aquel entonces, la candidatura de Heberto distaba mucho de ser catalogada como socialista. De no ser por los antecedentes de ambos candidatos (Cárdenas y Castillo), no había diferencias sustanciales entre ellos. Para las masas no se trataba entonces de elegir entre una opción socialista y otra nacionalista, sino de elegir entre una opción de oposición a la política del régimen que podía triunfar y otra opción que no.

De forma natural, las masas dieron su veredicto a favor de Cárdenas y Castillo no tuvo otra opción que declinar a su favor. Por supuesto que la integración del PMS (el partido de la izquierda "socialista") a la candidatura de Cárdenas no supuso ningún paso adelante en materia programática.

El verdadero factor que significó en la candidatura de Cárdenas y en el Frente Democrático Nacional (el organismo multipartidista que impulsaba su candidatura) un cambio cualitativo, distinto a candidaturas de oposición anteriores, fue la intervención de las organizaciones de masas de carácter de izquierda, desde fábricas, escuelas, barrios, ejidos, etc.

A ello hay que añadir los millones de personas, especialmente trabajadores, que decidieron actuar en el terreno electoral y luego en la defensa del voto, como una forma de manifestar su repudio a la política que representaba el PRI.

La irrupción de las masas significó las movilizaciones más grandes desde la época del cardenismo hasta ese entonces. Y constituía un peligro para el "grupo compacto salinista" y la oligarquía nacional y sus amos norteamericanos.

En la noche del 6 de julio de 1988, los resultados daban a Cárdenas la delantera en la mayor parte del país, de pronto el sistema de cómputo se suspende (se cayó el sistema) y cuando las cosas vuelven a la normalidad, los resultados son abrumadoramente favorables a Carlos Salinas.

Las semanas siguientes fueron de intensas movilizaciones, aún más grandes que en la campaña, en muchos casos los campesinos y trabajadores en general asistían los mítines de Cárdenas, esperando el llamado para un levantamiento, armados con machetes o viejos fusiles. Lamentablemente, el llamado de Cárdenas no era a luchar, sino a mantener la calma y no caer en provocaciones. Tal fue el clamor que Cárdenas tuvo que prometer la formación de un partido que le diera continuidad al movimiento.

El 1 de diciembre de 1988, Carlos Salinas tomó posesión, la situación aún estaba tensa, por ello en una acción fuera de lo común desde hacía muchas décadas, el primer acto público del nuevo presidente fue un desfile militar en el cual el ejército manifestó su lealtad, eso luego de insistentes rumores de que una parte del ejército simpatizaba con el FDN. La histeria en los círculos gobernantes era tal que en los años siguientes se desató una ola de asesinatos, más de 500, en contra de militantes cardenistas.

La burguesía tenía claro que corría un peligro muy grande en aquellos días y que un llamado serio por parte de Cárdenas hubiera significado el fin, afortunadamente para ellos, Cárdenas optó por jugar bajo las reglas del sistema, generando una gran decepción que pesó por muchos años, generando escepticismo y desconfianza.

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